ESPECTRO


Por: Alí Reyes H.

Para Estrella García Coronado,

hija de Libia y Don Rómulo

Al traspasar la puerta de celosía del zaguán, vi a mi tío Romito inmerso en la resaca del cocuy barato, recostado sobre unos sacos de maíz apilados en el corredor. Él mismo había dado órdenes de que al estar así no le dejaran pasar a su casa, pues no quería que su hijita lo viera en ese estado.

Era difícil acostumbrarse a esa imagen, siendo que Rómulo García Hernández era uno de los intelectuales más brillantes que había dado, no digamos que el pueblo de Cabure, sino la Sierra de Falcón entera y, según los entendidos, era un poeta que no tenía nada que envidiarle a Elías David Curiel o al mismísimo Andrés Eloy Blanco; además era un hombre trabajador y valiente, al mejor estilo de un Lord Byron, al punto de estar dispuesto a morir en un duelo por su amada. Eso fue así hasta que Libia, su esposa, murió en el parto. La Bebita sobrevivió, pero eso no fue suficiente para sacarlo del foso de la desesperación y del consecuente alcoholismo.

Ahora, de su valiosa literatura, solo quedaba una que otra hoja perdida en el piso de un botiquín y nada de la brillantez del otrora “Parnaso serrano”.

Entré a la biblioteca de la casa con el sabor amargo de ver a mi Tío así; pero esa reflexión sombría se desvaneció cuando me dediqué a revisar unos baúles para organizar mis libros de ajedrez. En eso estaba, cuando encontré un cofrecito de madera cuyo fondo estaba cubierto por una foto en sepia de Libia.

Salí al corredor y me acerqué a tío Romito.

─¡Tío, Tío…mire lo que hallé en el baúl!

En medio del sopor pudo reaccionar y trató de sentarse. No dejé que me preguntara, sino que puse el cofrecito en su mano.

Quedó un rato viéndolo hasta que lo ayudé a incorporarse y en silencio, comenzó a caminar por el corredor. Sus pasos sobre las baldosas de arcilla hacían eco en los corredores de La Concordia, esa amplia casa solariega, mientras que su mirada permanecía clavada en el cofrecito.

Lo dejé solo con su dolor y volví a la biblioteca. Pero al poco rato oí que me llamaba.

─¡Orlando!

─¡Diga, Tío!

─¡Tráete lápiz y papel, y por favor, escribe lo que te voy a decir!

 

Exhumando recuerdos de la fosa

de cuando ayer amó mi fantasía

un cofrecito donde cada cosa

tiene un trágico aspecto de agonía

Desteñida y polvosa

encontré la imagen de la amada mía

a quién di la promesa cariñosa

de morir de dolor si ella moría

Más al verme con los restos de ese encanto

perdidos en la remota lejanía

una gota de llanto

que silenciosa por mi faz corría

Me recordó que allá en el camposanto

Ella me está esperando todavía

*****

¿Acaso tío Romito, o mejor dicho, Don Rómulo García, quien antes de caer en desgracia había sido un caballero de palabra, había dejado de cumplir la promesa que alguna vez le hizo a su amada?

De ninguna manera. Es más; lo hizo de la peor forma, porque ahora él era solo el espectro de un hombre que, hacía tiempo, había dejado de existir.

6 de enero del 2017 

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