EL SUSTITUTO


Por Clinton Ramírez C.

Hace tiempo pensé en alguien que tomara mi lugar de escritor. Deseché contratar un secretario: uno de esos muchachos escogidos entre un montón de principiantes ambiciosos. Las biografías de algunos autores, me dije, están repletas de esta especie. Algunas de tales obras, de lujosas pastas, las escriben esos chicos despiertos, al alcanzar cierta notoriedad editorial. Quería a alguien exactamente igual a mí.

Mi obsesión reclamaba atrevimiento. Quería un auxiliar en condiciones de escribir como yo, es decir, capaz de beneficiarse de mi imaginación, mi disciplina, mis intuiciones y lecturas. Alguien que me liberara de la tarea de revisarle la plana. Ese alguien debía escribir por mí mientras yo, a los cincuenta, me dedicaba a viajar, aprender nuevos idiomas y leer a pierna suelta en una terraza marina o en una casa de campo.

Este sustituto, especie de doble dotado de tiempo y fuerza en abundancia, sería el premio a tres décadas de una carrera a la que los años empezaban a pasarle facturas: la ciática, la lesión de una vértebra, la presbicia…, en fin.

Una mañana tuve la primera noticia de su existencia. Afeitaba un bigotillo incómodo frente al glacial espejo del baño, en el piso superior de la casa, cuando apareció a mi lado tan veloz como la ilusión de un sueño. Me abarcó con una sonrisa tranquila, con una imagen de mí mismo a los quince años: una etapa en la que viví para el fútbol, nadar en el mar e ir a ver películas chinas y de vaqueros en los cines de mi pueblo: pequeño y perdido en la costa norte del país.

Atribuí su aparición, sin dejar de sonreírme, a una treta de la memoria. Más tarde, sin embargo, al entrar al edificio donde tengo oficina, lo descubrí al pie de la parrilla de periódicos y revistas. Sostenía una revista de deportes en las manos. Levantó la cabeza en el momento en que yo atravesé el lobby rumbo al ascensor.

Vaya, me dije, al reconocer mi habitual rostro lampiño en el espejo del ascensor. Me olvidé de él, sin más, al ingresar a la oficina. Me esperaba una montaña de papeles sin diligenciar. El lunes no es un buen día, debí decirme. A mediodía, dócil, abrumado de trabajo, bajé a almorzar a un restaurante en el mismo edificio. Demoré más de la cuenta un plato de pescado con alcaparras, sin duda esperanzado en descubrir a mi sustituto a la entrada del puesto de periódicos o en la acera de los lustrabotas del parque.

Una noche volví a sentirlo al pie de la cabecera de mi sillón de lectura, en la biblioteca de la casa. ¿Qué hacer? Perdí la concentración, aunque no tanto como para no leer un acto más de la obra. Estaba allí, espiaba mi lectura de una comedia italiana, confirmando a placer mis vicios de viejo perro lector. Me sentí incapaz de enfrentarlo. Al fin, con un gesto resuelto, deposité el tomo en la mesita vecina, al lado de mis lentes.

Agoté una buena parte de la hora siguiente en reflexionar sobre aquella suerte de acoso. Meneé el whisky que me preparé en el pequeño bar de la sala. ¿Qué plan seguía? ¿Qué pensaba? ¿En qué parte de la casa andaba? ¿Tomaba posesión de su futura guarida? Ninguna duda tuve. Él, mi doble, mi sucesor, empezaba a divertirse, seguro ya de ser yo. Tal vez a él le interesaba reemplazar a alguien, ser otro sin dejar de ser él. ¿Y yo? Entendí: yo no podía seguir siendo yo. Tener un reemplazo, más exactamente un doble, me obligaba a ser otro.

Pensé más tarde en aprovechar las insólitas apariciones en la escritura de un cuento. La ayuda de un nuevo whisky me dio valor. Contesté un par de llamadas. Una amiga vendría a cenar el viernes. Acompañaríamos un pedazo de salmón ahumado con verduras y un vino fuerte. Colgué. El autor de mi cuento, deseoso de un sucesor que fuese igual a él, alucina con este, a quien ve en distintos sitios de la ciudad. Desestimé el texto a mitad de la segunda cuartilla. Estaba bien la escritura del tal artefacto para la carrera de un principiante fantasioso. A mis años, con cierta experiencia probada, le exigía al género fantástico realidad y cinismo, un lenguaje menos pudoroso. Apuré un último whisky. Retomé la lectura de Glizia.

Me olvidé del asunto por un par de meses. Pasé un largo fin de semana en región de La Secreta, en la finca de Darina Lafata, joven antropóloga checa que llegó a la vereda a realizar un estudio sobre la violencia paramilitar y terminó cultivando café orgánico. Hice un viaje a la capital para visitar bibliotecas, frecuentar librerías y tomarle el pulso al país literario. En algunos viejos cafés del centro insistían en dirigir los destinos de las letras, en medio de nuevas fobias y facciones. A los entusiastas les pasaba el tren sin que ellos alcanzaran a escuchar el pito, envueltos como andaban en espesas nubes de tabaco. Nada cambia en un país que cambia, rumié, fumando a solas un habano. Sucedía igual en mis años de estudiante en la ciudad. Regresé con libros de nuevos autores nacionales, con un enjambre de revistas extranjeras y una sensación de cansancio que activó mi idea de encontrar pronto a alguien que me diera una mano en la redacción final de una última novela. Pasé una semana indispuesto, malhumorado, sin venir a la oficina.

Escribía hacía tres años la novela pedregosa sobre un escritor que deja, al morir, una obra heterogénea ―y de real valor― en el cuarto donde vivió sus últimos treinta años. Bien amarrados los cuadernos en el interior de una tula de béisbol, su descubrimiento atrae la gula de historiadores, periodistas e investigadores que en vida del personaje apenas voltearon a mirarlo. Este, en realidad, pasó por ser un esporádico periodista y putañero a carta cabal. Eché de menos las imágenes de mi sustituto, de mi doble. ¿En dónde andaba? ¿Qué páginas transitaba? Quizá no volvería a asomar las narices por mis dominios: espantado de los muchos entuertos que debía deshacer. Me dormí con el plasma encendido. Me olvidé de él.

Esta mañana, sin embargo, apareció en mi puerta. Me preparaba para venir a la oficina. Revisaba el cuello de mi camisa. Sonó el timbre un par de veces. El señor del periódico, pensé sin pensarlo, pero deseché la idea, al echar un vistazo al reloj de pared. Media hora antes, mientras desayunaba y escuchaba el noticiero local en la cocina, el señor del periódico había llevado el diario, que permanecía abierto en las páginas judiciales.

Abrí. Recortado en la clara mañana del jardín estaba él. Alto, sonriente, inscrito en unos gestos demasiado familiares, me miró con el aire sobrador que yo alguna vez exhibí para irritación de mis amigos. Sin razón a la mano, reacio a creer en los milagros, me limité a mal disimular la sorpresa. La voz del sustituto acudió en mi ayuda:

—Soy yo —me hizo saber, sin rebajar la sonrisa. Pensé rápido. Él regresaba a  tomar su lugar―. Me esperas —puntualizó—. Soy Clinton: tu reemplazo.

¿Clinton? Clinton soy yo. Tú no puedes ser Clinton.

Su fresca presencia, al inicio de la mañana, paralizó mis reparos. Tenía mi estatura. Mi mirada incluso. Olía también a mi colonia.

Si excluyo el toque dramático al descubrirlo en mi puerta, algún leve comentario de una mente excitable, ninguna acotación adicional cabía entre los dos. Alguien jugaba sucio. Tiraba el naipe, por él y por mí, sin detenerse en ninguna consideración.

Tenía mi nombre, mi estatura, mi rostro y mi edad, aunque luciera más fuerte, más joven y más decidido al hablar, a pesar de que él apenas abrió la boca para decir: “Me esperas. Soy Clinton: tu reemplazo”.

Una nueva mirada a la chaqueta italiana y los pantalones de marca rotos a la altura de las rodillas me bastó para derribar alguna última objeción.

—Sigue —le dije, paternal, y me hice a un lado, como exigen los buenos textos―. Esta es tu casa ꟷagregué, sin ser muy consciente del milagro de franquearme el paso a mí mismo, a alguien a quien yo hubiera reemplazado en un momento borrado de mi memoria y de la suya. Quien quiera que fuese, truco de baraja o milagro literario, era tan idéntico a mí como para ser yo—. Anda, pasa.

Clinton siguió directo a la sala. Se sacó la chaqueta, que arrojó sobre el sofá. Fiel a mis rutinas, a espaldas suyas, tomé el sombrero en el perchero vecino, como hacía cada mañana antes de cruzar el jardín que separa la casa de la calle. Nada me obligaba a permanecer allí.

 “Chao, Clinton”, me dijo, a la entrada de la biblioteca, en posesión de sus dominios. Me volví apenas. Con el sombrero en las manos, para que la mentira coincidiera con la verdad, o la fábula con la realidad, procedí a contestarle con un “chao, Clinton” sin énfasis. “No olvides cerrar la puerta”. Salí. Hui. En el paradero, sin verificar la tablilla, tomé el primer bus ejecutivo que asomó la trompa.

Me resulta fácil imaginar la vida de Clinton, mi reemplazo. Chequeará, sentado en el sillón de cuero, los capítulos iniciales de mi farragosa novela. Quitará aquí y allá párrafos, eliminará frases demasiado pulidas. Acaso, luego de una jornada satisfactoria, tirado en la cama, revise los canales de deportes mientras espera el tiempo de ducharse o prepararse algo de comer.

Enterado del sentido de mis hábitos, advertido de los menos públicos, pronto aprenderá a contestar las llamadas de algunas amigas. Igual, siendo yo, siendo quien es, tampoco tendrá inconveniente en acostarse con ellas. Ni falta hace que le deje en el escritorio mi cédula, mis tarjetas, la llave de la casa y este diario inútil.

Marcho a la ventana. La tarde declina sobre la bahía. Diez pisos más abajo, en las bancas de madera, entre tintos y cigarros baratos, reparo en los habituales del parque. Me son familiares en sus ademanes, en sus atuendos, como para reproducir a la distancia el tono salaz de sus parlamentos. Ubico sin esfuerzos la acera donde operan los emboladores. Juguetones, chanceros, permanecen a la caza de los últimos clientes del día, funcionarios de la alcaldía y empleados de los bancos vecinos.

Quería un sustituto. Tengo, en mi lugar, un doble, aunque algo más joven. Mañana él aparecerá por aquí a atender la oficina, su oficina. También aquí le espera un montón de trabajo: cartas de créditos, manifiestos de aduanas, resoluciones portuarias, el artículo a medio terminar en el portátil sobre la ley actuarial.

Llega el momento de ser otro, de abrir distancias, de olvidarnos el uno del otro. Un barco zarpa en el puerto. El mar es azul al término de un cielo transparente. Me niego a ser el doble de mi doble. Dejaré las llaves con el encargado al abandonar el edificio. Me toca ser quien tal vez he debido ser o quien tal vez ya haya sido.

Santa Marta, 2012. 

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