EL ETERNO ESPLENDOR DE «LOS CAÑAGUATEROS»


Por Eddie José Dániels García

Mencionar a “Los Cañaguateros”, más de cuarenta años después de su existencia, es hacer alusión a un conjunto extraordinario, inmensamente aplaudido, que supo ganarse la simpatía popular y calar profundamente en los sentimientos de la inmensa fanaticada colombiana, especialmente costeña, amante de la música vallenata. Nos basta mencionar el nombre de esta agrupación para que nuestros recuerdos se iluminen y evoquemos en el acto a alguna de las bellísimas canciones que fueron interpretadas con una maestría singular y una elegancia insuperable, propias de una agrupación sobresaliente, bien organizada y disciplinada en el contexto musical. Un conjunto que se hacía sentir en sus presentaciones, las cuales llenaban de un entusiasmo desbordante a los espectadores, quienes no cesaban de aplaudir y extasiarse con las sensibles melodías de las muchísimas canciones que vieron la luz durante la existencia de esta célebre agrupación.

Esta es la semblanza particular que identificó y caracterizó al recordado conjunto “Los Cañaguateros”, que floreció en la década de los años setenta y tuvo como cantante estelar al notable y fecundo compositor atanquero Pedro García Díaz, quien era abogado profesional, acompañado por el versátil, dinámico y consagrado acordeonista valduparense Florentino Montero. Una agrupación que canalizó el respeto y la admiración colectiva, gracias al estilo, la puntualidad y la responsabilidad con que santificaron su corta existencia en el panorama musical. Por eso, hablar de los “Los Cañaguateros” en estos momentos es sumergirnos en un mundo de recuerdos placenteros, que nos alegran la nostalgia, nos entusiasman los sentimientos y nos trasladan sensiblemente a una época esplendorosa, donde la tranquilidad, la armonía, el encanto, el respeto y, sobre todo, la elegancia musical, eran las principales virtudes que rodeaban a la sociedad colombiana.

La linealidad musical de “Los Cañaguateros” quedó entronizada con letras de oro en la memoria de todas las personas que tuvimos el privilegio de solazarnos con el profuso ramillete de hermosas canciones que, en su tiempo, lanzaron y pusieron a disposición de su ferviente fanaticada. Una antología musical que hoy ocupa un puesto privilegiado en los anales de la creación vallenata y, desde luego, en los folios históricos del folclor colombiano. Una memoria musical que permanece inalterable y se despierta con toda plenitud cada vez que tenemos la oportunidad, por casualidad o deliberadamente, de escuchar cualquiera de las composiciones interpretadas por esta agrupación. Todas ellas se revisten de un sello peculiar, que tornan identificables y llamativas, las notas generadas por el acordeonista, Florentino Montero, y las letras vocalizadas pulcramente por el recordado y hoy, lamentablemente fallecido, cantautor Pedro García.

Y no es mentira decir, que todos los devotos del cañaguaterismo, si somos eufónicos al acuñar el término, nos paralizamos físicamente y nos revestimos de un inmenso placer emocional, cuando escuchamos, por ejemplo, “La negra Carmen”, “La provinciana”, “Caño lindo” o “Canto a la sabana”, aquellas impactantes canciones incluidas en el primer elepé de este conjunto, lanzado en 1974, cuyo título “Vendaval”, honraba el hermoso paseo del mismo nombre, compuesto por Pedro García, con el puesto número uno de la cara  principal del larga duración. Por ese tiempo, esta canción, fue el fondo musical de la recordada telenovela “Vendaval”, filmada por la productora de televisión R.T.I., la cual causó mucha atracción y logró situarse como el programa televisivo más sintonizado y apreciado del momento. Su argumento estaba basado en la terrible masacre de las bananeras, el episodio histórico-sangriento que enlutó a Colombia en diciembre de 1928.

Bastaba ir por las calles, o estar desprevenido en cualquier lugar, y oír repentinamente: “Quiero decirte a ti una cosa mi vida, / aunque tú sabes verdad lo que yo siento, / esta inestable pasión fue concebida, / en este amor que llevo yo por dentro. / Muchas mujeres he besado en esta vida, / muchos sueños han reposado en mis brazos, / siempre he sido un hambriento de caricias / pero la nostalgia de esa persigue mis pasos. / Siempre he sido un hambriento de caricias / pero la nostalgia de esa persigue mis pasos”. Y después de haber escuchado estos versos cargados de un magnífico romanticismo, y de las bellísimas notas del acordeonista, seguíamos atento a la entrada estrófica que sirve de coro: “Mis deseos pasionales han sido pasajeros, / cual caricias fugaces que se extinguen, / como arroyo seco por el sol vale la herida, / cual alondra viajera que jamás regresa. / Como arroyo seco por el sol vale la herida, / cual alondra viajera que jamás regresa”.

    Era natural, que haberse detenido a deleitarse con las dos primeras estrofas de “Vendaval”, implicaba que las personas se apostaran para seguir oyendo la tercera, más llamativa aún porque, al final, introduce el título de la canción: “Bonita musa, morena de mis requiebros, / aquella que deseo con un profundo fervor. / La que en sus besos me entrega el fiel cariño / que es tan ardiente como el hermano sol. / Yo te prometo que la eterna primavera / de nuestra unión es la evidencia del amor. / Ahora si es cierto que me encuentro convencido / que la pasión es “vendaval” entre los dos. / Ahora si es cierto que me encuentro convencido / que la pasión es “vendaval” entre los dos”. Y finaliza con el coro: “Mis deseos pasionales han sido pasajeros, / cual caricias fugaces que se extinguen. / Como arroyo seco por el sol vale la herida, / cual alondra viajera que jamás regresa. / Como arroyo seco por el sol vale la herida, / cual alondra viajera que jamás regresa”.

Asimismo, las otras canciones que aparecieron en el álbum “Vendaval” gozaron del aplauso indefinido de la fanaticada y perduraron largo tiempo en los sentimientos musicales del pueblo vallenato. Era la época en que las letras de las canciones le hablaban al oído a todas las personas y les servían de modelos o estimulantes para florecer los romances o, también, para suavizar grandes conflictos amorosos. Títulos como, “La negra Carmen” de autor reservado, “La provinciana” del veterano y reconocido compositor Gustavo Gutiérrez Cabello, “Tristeza india” del académico e intelectual Antonio Serrano Zúñiga, “Noche clara” del malogrado compositor Freddy Molina Daza, “Canto a la sabana”, bellísima apología del cantautor Pedro García Díaz a la sabana y a las mujeres colosoanas, y “Caño lindo” del compositor sabanero Adriano Salas Manjarrés, fueron verdaderos discos inmortales que se consagraron como auténticas joyas de la música vallenata.

De este excelente repertorio, “La negra Carmen” y “La provinciana”, por su belleza expresiva y la hermosura de las notas musicales, fueron dos canciones que también gozaron inmensamente del favoritismo popular. La primera está dedicada a una hermosa dama de El Piñón, un municipio del Magdalena. Su introducción, evoca y define a la mujer: “La negra Carmen se la pasa caminando / noche y día por Fundación / y pregunta en Corralito. / Ella va en busca de los negros piñoneros /José Carlos y Rafael que hace días no los ha visto. / La negra Carmen viene de la montaña / viene en busca de los piñoneros. / Ay, la prieta Carmen viene de la montaña / viene en busca de los piñoneros. En la segunda estrofa, enfatiza los gustos de la protagonista: “La negra Carmen le gustan mucho los porros, / merengues, paseos y gaitas, / le llaman la negra Carmen. / La negra Carmen, ella no gusta de blancos, / le gustan los morenitos / porque son negros picantes”.

“La provinciana”, el inolvidable paseo de Gustavo Gutiérrez Cabello, entró con pie firme en el sentimiento colectivo, que es el termómetro que mide y le da la trascendencia e importancia a las canciones. Su texto es una defensa a la mujer de la provincia, dueña de unas cualidades que no presentan las damas citadinas. Las estrofas iniciales cantan: “Pa las mujeres no hay como las provincianas, / son cariñosas de noche y por la mañana; / y si uno llega borracho al atardecer / está con celos que uno llega a comprender. / El bello cielo de mi pueblo tan querido, / es fiel testigo de los amores que he tenido. / Y me quedé para poderme conquistar / una morena que no me quiere acepar”. Continúa un hermoso concierto de notas, que demuestran la impecable maestría del acordeonista, las cuales le dan entrada al coro: “Buscaré amor en los pueblos / donde si hay sinceridad, / mi cariño no lo entrego / a mujer de la ciudad. / Mi cariño no lo entrego / a mujer de la ciudad”   

Al año siguiente, 1975, “Los Cañaguateros” nuevamente ennoblecen los aires vallenatos y, por supuesto, la música colombiana, con el lanzamiento del elepé “Linda Margarita”, honrando con este título la hermosa canción de Ignacio “Nacho” Paredes, quien era uno de los coristas del conjunto, y con ella había obtenido el primer puesto en el Festival Sabanero del Acordeón que se realizó ese año en Sincelejo. Aparte de la canción titular, figuraron los temas “Hombre triste” de Jorge Córdoba, “Me andan buscando” del reconocido compositor Julio Fontalvo Caro, “Rosa María” y “Vallenato en Europa” de Pedro García Díaz, “Princesa encantadora” y “Trébol legendario” del consagrado Adriano Salas Manjarrés, “Viejo caserón” de Jorge Núñez, “Cartagena” de Freddy Molina Daza, “Amor atormentado” de Alvaro Cabas Pumarejo, “Toño Miranda” de Antonio Miranda y “Tierra sanjuanera” del recordado y también malogrado compositor patillalero Octavio Daza Daza.

Como es fácil recordar, el éxito indiscutible de este álbum, aparte de “Linda Margarita” fue, sin duda alguna, la hermosa canción “Trébol legendario”, un bellísimo paseo lírico, radiante en metáforas, donde la descripción del paisaje natural es el escenario empleado por el autor para manifestar sus sentimientos amorosos a una mujer: “En una laguna linda / rodeada de ceibas grandes, / bajo los verdes juncales / salta el agua cristalina / resguardándose del sol. / Oye morena preciosa, / imagínate el paisaje / allá en la fronda del trébol, / muñeca linda, / es que quiero verte yo”. Sigue el coro, cargado con los deseos vehementes del autor por conquistar a la mujer: “Para besar tu boca / y acariciar tus manos. / Para besar tu boca / y acariciar tus manos, / y mirarme en tus ojos / retadores del amor. / Quiero verte sentada / en mi trébol legendario, / y en las gradas de mármol / es que quiero verte yo. / Y en las gradas de mármol / es que quiero verte yo”.  

    Tuve la oportunidad de apreciar la elegancia de “Los Cañaguateros” en dos o tres oportunidades. Sin embargo, la presentación que más recuerdo y conservo en la retina fue la que realizaron en el Club la Selva de Sincelejo, en septiembre de 1977. Esa noche fue tremenda e inolvidable la actuación, y la fanaticada, desbordante de emoción y entusiasmo, aclamaba y coreaba las canciones, al tiempo que las parejas se deleitaban bailando atiborradas en la pista del Club y en los espacios cercanos a las mesas de los asistentes. Todo el mundo quería saborear el colorido de las notas florentinas.  Y fueron muchas las canciones que penetraron en la euforia popular y alcanzaron el clímax de la multitud, que se resistía a culminar la finalización del evento, transitando ya las cuatro de la mañana. En esa época, la presentación de una agrupación comenzaba sobre las nueve de la noche y culminaba, algunas veces, con las primeras luces del amanecer.

Una nota llamativa que caracterizó a “Los Cañaguateros” fue el vocativo “Gracias”, que el cantante solía expresar en todas las composiciones. Era una forma especial de agradecerles a todos los admiradores, el entusiasmo y la devoción que éstos experimentaban al oír las canciones. La expresión se arraigó tanto en el sentimiento popular, que la gente decía “gracias”, imitando la voz del cantante en cualquier circunstancia. Con el paso del tiempo, y con la desaparición inesperada del conjunto, que sólo alcanzó a tener una solidez de seis o siete años, la expresión se fue olvidando hasta que desapareció totalmente del ruralismo y, por supuesto, del urbanismo musical. Hoy, cuando el tiempo inexorable ha transitado de manera fugaz por más de cuatro décadas, nos llenamos de nostalgia, iluminamos nuestros recuerdos y somos sinceros al afirmar que el esplendor de “Los Cañaguateros”, es, indiscutiblemente, un referente eterno en la música vallenata.

Sincelejo, jueves 30 de enero de 2020

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