EL ARCOÍRIS


Álvaro Rojano Osorio

La muerte visitó a Sixta Mercado un lunes de marzo, a los sesenta años de edad, cincuenta de ellos dedicados a hacer bollos y chicha de maíz. Durante los nueve días de velorio, animados con ron, tabacos, cigarrillos, carentillo, tintos y cuentos, fue recordada por la competencia que mantuvo por años con otras mujeres, para saber quién era la mejor fabricante de bollos en el Bajo Magdalena. Pero, sobre todo, fueron analizadas las circunstancias de su muerte.

      Sixta la de Domingo, como era conocida, madrugaba todos los días para preparar sus bollos y su chicha de maíz, que desde tempranas horas del día ponía a disposición de sus clientes.

      ─Comadre Sixta, ¿qué le pasa? ─le preguntó Felipa la de Vicente, octogenaria mujer de cabellos cenizos y piel agrietada como la corteza del Carreto. Lo hizo tras sorprenderle la forma en que su comadre le respondió su saludo: seca y cortante. También la sorprendió la forma como se encontraba, sentada en un viejo taburete de cuero de vaca, con cara de preocupación y con la barbilla soportada sobre su brazo derecho que apoyaba a su vez sobre el muslo de la pierna del mismo lado.

      Era de madrugada, los bollos de mazorca permanecían humeantes y amarrados con ataderos en la mesa donde acostumbraba a ubicarlos para que destilaran el agua del cocimiento. Un humo ligero salía de las últimas astillas de leña encendidas en la hornilla donde los cocinó. Domingo Palmera, el marido la enferma, sentado sobre el burro de leña, también absorto, la contemplaba.

      ─Comita ─le respondió Sixta─, me preocupa una mancha roja que ha aparecido en mi pierna derecha, además de una picazón que tengo en todo el cuerpo desde anoche. Yo sé de dónde me proviene eso.

      Esta, cuatro días antes se había visto obligada a recoger de prisa, unas prendas de vestir recién lavadas del tendido que iba del árbol de tamarindo al de totumo en el traspatio de la vivienda. Las había lavado esa mañana mientras se fumaba varios cigarrillos con la candela dentro de la boca.

      ─Figúrese, comadre ─continuó Sixta─. Salí al patio a recoger unos trapos y en el camino se me apareció un arcoíris. Yo le conocí las intenciones, traté de hacerle el quite, pero que va, me correteó y me picó. Desde entonces guardé las esperanzas de que no hubiera alcanzado a depositar su veneno colorido en mis venas; pero, por lo que veo, me alcanzó. ¡Ay de mí, comita!

      Felipa salió de la casa de Sixta y regresó con remedios naturales que aplicó en la zona de la pierna afectada. Sobre la sombra roja vertió un bañó compuesto de vicho macho, verbena hoja ancha, la solita y balsamina.  Para la picazón le suministró un purgante de sal de Epsom y Glauber. Rosario Pedraza, una anciana conocedora de antiguos secretos, reclamó la eficiencia de la mecha de la lámpara de kerosene, que ordenó se la pusieran para prevenir cualquier infección.

      La mancha pareció detenerse, por lo que Felipa y Domingo Palmera se llenaron de esperanzas, más cuando la enferma trasbocó un líquido de color violeta, que creyeron era el que le había inyectado el arcoíris en el organismo. Al segundo día, sin embargo, parte de su cuerpo mostraba un intenso color naranja.

      El cura Padilla, enterado de la gravedad de Sixta, se acercó al lecho de la enferma para apoyarla con oraciones y azotes de agua bendita. Aprovecho un momento en que quedó a solas con Domingo Palmera para recomendarle al tegua Segundo Otero, famoso por combatir maldiciones y espíritus en las planicies del Caribe.

      El tegua arribó al pueblo al día siguiente. Fue informado que la paciente había amanecido con la piel de color amarillo, como las flores del árbol de polvillo que adornan las calles de los pueblos y los caminos durante el verano. Después de haber palpado a la enferma confirmó que había sido picada por un arcoíris. También dijo que, aunque tarde, trataría de sacarle la ponzoña que introdujo el arcoíris en su cuerpo, que era la que hacía que la piel tuviera un color distinto cada día. Elaboró una lista de plantas medicinales entre las que incluyó las hojas amarillas de borrachero, las del árbol de clemón y la yerba de arco, que crece en las orillas de las ciénagas de aguas claras.

      Después de dar algunas instrucciones a Dominga y Felipa, haló un taburete de la sala y lo recostó a una de las puertas de entrada a la vivienda de su paciente. Se sentó y les explicó a los presentes que en el Caribe existían diversos tipos de arcoíris. El negro, que aparece en noches de luna llena; el blanco, que despunta en las madrugadas lluviosas; el de barro, que surge de las profundidades de los montes; y el común, que se ve cuando llueve y el sol brilla. Dijo, además, que el que había picado a Sixta era una especie desconocida en la región y que, con seguridad, se había extraviado de su horizonte natural, los Llanos Orientales. También mencionó que este tipo de picaduras eran usuales en los Llanos Orientales, donde era tratada con plantas de lo profundo de las sabanas

      Al cuarto día de declarada la enfermedad, la piel de Sixta lucía de color verde, y mostraba otros síntomas como la pérdida del apetito, el sueño y, a veces, de la memoria. Para entonces, la congregación del Sagrado Corazón de Jesús promovía una peregrinación de socias a su casa, acompañadas del busto del santo.

      Un nuevo día y un nuevo tono de piel de la paciente. El añil, que, por sus características de oscuro, generó desesperanzas entre familiares y amigos. Creyeron que la gangrena había aparecido en su cuerpo y que de nada habían servido las oraciones en latín de Mirta Chiquillo, ni la receta de Segundo Otero. Tampoco el trozo de camisa del botánico Agustín Perea, que le pusieron sobre la herida de la picadura, ni mucho menos los brebajes del botánico Wilfredo, que juraba que a Sixta la había mordido un patoco anaranjado.

      Al séptimo día fue inminente su muerte. Así lo creyeron sus familiares cuando el color de su piel pasó de azul a violeta. El Inspector de policía, viejo conocido de la familia, ordenó limpiar un rincón el cementerio y cavar allí, lejos de las otras tumbas, un hueco donde sepultar el cadáver. El ataúd, que había sido comprado para Vicente, el marido de Felipa, siempre a punto de morir, le fue cedido a la difunta.

      Sixta, quien tenía un día de estar inconsciente, despertó, pidió agua y sonrió a quienes la rodeaban. Aunque su voz era débil, le alcanzó a decir a Felipa que el arcoíris que la picó tenía sus siete colores resplandecientes y que todo su arco estaba, perfectamente, dibujado. Después, llamó a Domingo, el marido, y le pidió hacerse en la cabecera de la cama. Le faltaba poco para morir, pero en su rostro envejecido había calma en lugar de angustia.

      ─Yo sé que voy a morir ─le dijo─, pero me resigna saber que el que me mató fue el arcoíris más bello del mundo.

 

 

 

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