DIOS NO NECESITA INTERMEDIARIOS


Por: Ramiro de la Espriella Arrieta

Cuando niño, mi encuentro con Dios todos los domingos se limitaba a escuchar la misa matutina, mientras jugaba en el parque con mis amigos. Veía pasar a las damas con trajes elegantes y a los caballeros con vestidos enteros a escuchar la homilía, desde el columpio imaginaba el interior de la iglesia repleta de feligreses y adornada con tanto buen vestido y alborozo, sin pensar que allí adentro asistían para pedir perdón de rodillas por los pecados cometidos, de pie…o acostados.

Un día le dije a mi madre que deseaba asistir para conocer al sacerdote que desde afuera se escuchaba solemne. Mi madre me quedó mirando y sonrió con esa sonrisa que solo tienen las madres, me condujo hacia el baúl y desde el fondo extrajo mi mejor vestido para que asistiera a la santa misa, pero mi mejor vestido no llenaba los requisitos ni siquiera para ser trapo de mesa de los asistentes a la santa liturgia. De todas maneras, sintiéndome el más elegante entré a la iglesia y me ubiqué en las bancas de atrás para ofrendarme a Dios. Ante la cantidad de asistentes trataba de inclinarme para ver al sacerdote y a cristo crucificado que por primera vez lo veía tan grande. Sin entender porqué debíamos venerar a alguien derrotado y sufriente y no a un triunfante y con las manos abiertas hacia al cielo como lo hacía el sacerdote.

Las palabras del padre me llenaron y me sentí feliz al saber que ante tanta pobreza que veía en mi casa, entraría primero al reino de los cielos antes que esa muchedumbre que atestaba la iglesia. Al momento de repartir la hostia, me hice disciplinado a la fila para recibir el cuerpo y la sangre de cristo, y cuál no sería mi desilusión cuando el sacerdote me apartó sin dejarme comulgar. Triste y cabizbajo Salí de la iglesia sin esperar las palabras finales: podéis id en paz.

Varios domingos dejé de acudir al parque a jugar, pensando que Dios no quería a los pobres en su iglesia por mal vestidos.

Un día me encontré con mis amigos y les comenté lo sucedido en donde el padre me negó la hostia, ellos me explicaron que, para poder recibirla, primero debía bautizarme y además tomar la primera comunión. Empecé a indagar dónde podía bautizarme para ser recibido por Dios y un señor me señaló que en la iglesia evangélica me bautizarían, pero debería llevar diezmo. Averigüé qué era diezmo y no podía cumplir con eso, así que le robé a mi madre cien pesos que guardaba celosamente bajo el mantel de plástico agrietado de la mesa del comedor, que era el único mueble que existía en nuestra sala, además de unos taburetes viejos. Saqué de nuevo mi mejor vestido, oloroso a naftalina, y me dirigí a la iglesia evangélica en busca de Dios, pero el portero no me dejó entrar por estar mal vestido.

Volteé mis pasos de nuevo triste hasta mi casa y en el camino me encontré con una familia que clamaba por comida, hurgué en mis raídos bolsillos y le entregué los cien pesos.

Al llegar a la casa mi madre furiosa me increpó buscando entre los bolsillos lo que me había hurtado, gritando me dijo que estaba ahorrando para comprarme un vestido nuevo y pudiera asistir a misa.

Sin temor a mentir, le respondí: “Madre yo sí los tomé, pero no necesito ningún vestido nuevo para ver a Dios en la misa, yo se los entregué directamente”.

Como era de esperar, mi madre no me creyó. Aún no puedo definir el castigo que vino después.

Hoy, muchos años después que puedo vestir elegante para asistir a una iglesia y dejar mi vehiculó parqueado en su frente para que los transeúntes lo admiren, he desistido de entrar a orar, no importa su religión, porque aprendí que Dios no necesita intermediarios y en el silencio de mi habitación me arrodillo todas las noches ante mi cama para pedirle por todos, incluyéndote a ti que llegaste al final de estas letras.

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