Diomedes Díaz Maestre


El insuperable cantante de las multitudes

Por Eddie José Daniels García

La primera vez que tuve la oportunidad de apreciar la inmensa multitud que coreaba y aclamaba las canciones de Diomedes Díaz fue en una caseta de Sincé en septiembre 1983. Un amigo me había invitado a presenciar una tarde de toros, y en contra de mi voluntad, pero arrastrado por el sensiblerismo, me animé a acompañarlo. Terminado el espectáculo taurino, y ya con la disposición de retornar a Sincelejo, alguien nos sugirió, con mucha persuasión, que nos quedáramos para ir a la caseta porque esa noche cantaba “El Cacique de la Junta”, quien por primera vez hacía su debut en las festividades de esa población. No lo pensamos siquiera, y accedimos de muy buen talante a prolongar nuestra visita para tener la oportunidad de ver cantar de cerca al renombrado artista, que en esos momentos era un verdadero acontecimiento dentro del folclor vallenato.

El problema se presentó en el momento de la entrada, pues era tanta la gente que deseaba ver al cantante, que la taquilla era insuficiente para vender las boletas y la policía no podía controlar el desorden del tumulto. Afortunadamente, nosotros, gracias a una influencia suprema, alcanzamos a entrar sin mayores dificultades. Para esa época, Diomedes ya llevaba seis años en el medio musical y su fama de vocalista y de magnífico compositor había ido creciendo paralela a cada uno de los diez elepés que tenía grabados y venían circulando con un favoritismo asombroso en el sentimiento de su fanaticada. Esa noche la carta de presentación fueron los temas “Cantando” y “Te necesito” de su autoría, “Miriam” de Calixto Ochoa, “El medallón” de Rafael Escalona y los restantes que habían aparecido en el álbum “Cantando”, grabado con Colacho Mendoza en mayo de ese año.

Y recuerdo que otra canción que se llevó la aclamación del público y la interpretó dos o tres veces fue “El señor abogado”, un tema también de su autoría que apareció en la serie “Fiesta vallenata”, donde el artista hacía un largo recuento sobre un problema que había tenido recientemente con un abogado, que, según Diomedes, “violando la ley”, pretendió mandarlo a la cárcel. Lo llamativo de este disco es la sentencia con que finaliza la canción, en la cual el autor bastante contrariado manifiesta de manera desafiante: “vaya al carajo, señor abogado”. En su época, este tema gozó de mucha aceptación y se mantuvo durante largo tiempo animando a la fanaticada, y, según los informes de las casas disqueras, alcanzó altísimos niveles de venta. Un tiempo después me enteré de que este caso había sucedido en Cartagena, y que el abogado de la reprimenda era Armando Turizo Guerra, quien es mi amigo personal porque se graduó conmigo en el prestigioso Colegio Pinillos de Mompós.

Lógicamente, dentro de la presentación de esa noche, que se prolongó hasta pasadas las cuatro de la madrugada, los sinceanos y demás visitantes tuvieron la oportunidad de escuchar otros temas encantadores que se mantenían con una vigencia insuperable dentro del repertorio diomedista.  Entre las canciones de su preferencia y las peticiones que surgieron de la popularidad, hubo espacio y tiempo suficientes para deleitarse y bailar “Sanandresana”, “Tu serenata”, “Fantasía”, “Lluvia de verano”, “Para mi fanaticada”, “Bonita”, “Todo es para ti”, “Bajo el palmar”, “Chispitas de oro” y muchas letras más que Diomedes, actuando como cualquier mago de circo, improvisaba repentinamente para desbordar la alegría y el entusiasmo de los asistentes.

También recuerdo que entre las entretandas de esa noche, el artista hizo gala del carisma peculiar y de la inmensa simpatía que lo caracterizaban: recorría las mesas, repartía besos, alzaba los brazos, saludaba a los admiradores, acariciaba mujeres, recibía tragos, firmaba autógrafos y se confundía con el pueblo. Y la fanaticada, presa del entusiasmo y obnubilada por los efectos de la acción etílica, se desvivía por tocarlo, abrazarlo y sentarlo en las mesas. Estas cualidades, ajenas al despotismo y a la soberbia, que identifican a muchos cantantes vallenatos, fueron las virtudes que marcaron la singularidad en el “Cacique de la Junta”.   Y, si en aquellos momentos hubiéramos contado con los adelantos fotográficos que gozamos en la actualidad, hoy tendríamos muchísimos recuerdos del cantante carrizaleño formando parte honrosa de los álbumes familiares.

A partir de entonces, y en otras oportunidades, pude apreciar nuevamente las presentaciones de Diomedes en diversos establecimientos de Sincelejo, momentos que me sirvieron para observar como el insuperable “Cacique de la Junta” cada vez penetraba con más entusiasmo en el sentimiento del pueblo vallenato, y como su inmensa fanaticada era arrastrada con un fervor incontrolable hacia el embrujo musical de sus emocionantes canciones. En el esplendor de sus actuaciones, las gentes, sin distingo de sexo y edades, se volcaban hacia las tarimas, gritaban, coreaban, acompañaban los cantos, y muchas admiradoras, sin ningún recato, lo llamaban, le hacían señas y le arrojaban algunas prendas íntimas, como una señal inequívoca de estar dispuestas para una inminente y placentera relación amorosa. Oportunidades que, como era de esperarse, no desperdiciaba el artista.

En efecto, esta incontrolable atracción femenina fue, con toda certidumbre, el sustento para que el artista juntero se convirtiera en el cantante más prolífico en la vida musical de Colombia de los últimos tiempos, y en la actualidad se viertan muchas especulaciones y anécdotas sobre el número exacto de sus relaciones amorosas y de sus descendientes directos. De este episodio, surgen los jocosos comentarios callejeros de que fueron muchas las mujeres que persiguieron al artista con la sola intención de buscar un hijo, para éste que heredara su reconocido y prestigioso talento musical. Y también se comenta, que fueron muchos los retoños que tuvo Diomedes, producto de las infidelidades de las damas desposadas, que fueron camuflados y hoy, víctimas de su inocencia, permanecen con sus padres de crianza.

Por su parte, doña Elvira Maestre, conocida como “Mamá Vila”, la progenitora del “Cacique”, defiende la capacidad prolífica de su hijo con algunos argumentos surgidos de la filosofía popular, según cuenta el periodista Alberto Salcedo Ramos en su libro “La eterna parranda”. Ella sostiene que, “así como los hombres desarrollan las astucias de las bestias cazadoras, las mujeres deben desarrollar la naturaleza escurridiza de las aves de monte”. Por eso, con mucha naturalidad, enfatiza: “Frente a las mañas del gavilán, la desconfianza de las palomas”, “las liebres, en vez de aprovechar su agilidad para ponerse a salvo, se acercan al hocico del lobo a buscar la mala hora”, “¿qué hacen las gacelas exhibiéndose indefensas ante los leones?” Y, haciendo estilo de su visión objetiva, popularizo el refrán “No es que el zorro sea atrevido, sino que las gallinas se van lejos”, que inmortalizó Diomedes en la canción “Vení, vení, vení” de Juancho Polo Valencia, grabada en 1992.

La fortaleza artística de Diomedes Díaz no encontró ningún detalle negativo en su largo desarrollo, y, por el contrario, siempre se mantuvo en una arista ascendente desde sus albores en 1976, cuando, al lado de Náfer Durán, realizó los primeros pinitos en el arte de la vocalización musical. El abanico de acordeonistas que lo acompañaron en todo su extenso y fructífero recorrido de casi cuarenta años, que comenzó seriamente con Elberto “El Debe” López en 1977 y culminó con su sobrino, Alvarito López, el 20 diciembre 2013, dos días antes de morir, estuvo siempre animado con otros grandes digitadores del mágico instrumento, como fueron los desaparecidos “Colacho” Mendoza y Juancho Rois, El “Cocha” Molina, Iván Zuleta, Franco Arguelles y Juancho de la Espriella. Solo le faltaron, para completar su mosaico de oro, la compañía de El Pangue Maestre, Beto Villa, El “Chiche” Martínez y, por supuesto, Emilianito Zuleta.

Es innegable que el vastísimo repertorio musical de Diomedes, que supera las quinientas canciones, constituye el mejor legado que pudo tributarle el “Cacique de la Junta” al folclor vallenato. Y considero que se vuelve difícil para cualquier persona, o cualquier escritor, realizar una selección de títulos que no se encuentre animada por la preferencia o por el gusto del seleccionador. Porque, fueron muchos los long plays, los compacts o los álbumes, donde todas las canciones acumulaban el entusiasmo colectivo y permanecían equilibradas en el favoritismo popular. Álbumes como, “Con mucho estilo”, “Todo es para ti”, “El mundo”, “Brindo con el alma”, “Incontenibles”, “Ganó el folclor”, “El cóndor herido”, “Mi vida musical”, “26 de mayo”, “Título de amor” y “El regreso del cóndor”, fueron verdaderas antologías de doce o trece piezas musicales que marcaron una época dorada en el ambiente vallenato, y actualmente revisten la misma fuerza atractiva de sus años juveniles.

Y, finalmente, algunas cualidades que siempre valoré en el recorrido artístico de Diomedes fueron su carácter optimista y el espíritu solidario, ajeno a mezquindades, que lo caracterizaban y lo tornaban más accesible a los amigos y a las multitudes, cada vez que se encontraba en función de su profesionalismo en cualquier parte de Colombia o del extranjero. Para “El Cacique” su talento musical, su capacidad creadora y su voz cautivante, significaban todo. Asimismo, estos atributos eran los fundamentos que le servían para aliviar las asperezas que se granjeaba con los empresarios y con su fanaticada cada vez que incumplía, deliberadamente, los compromisos adquiridos. Por eso, en estos momentos cuando estamos cercanos a cumplir el sexto año de su repentina desaparición, solo me atrevo a decir que el pueblo vallenato sigue sintiendo a Diomedes, y que no se equivocó Patricia Acosta, su exesposa, cuando, tras haber escuchado el último CD del artista, le dejó dicho con alguno de sus infaltables amigotes: “Díganle al “Cacique” que escuché su nuevo disco, y que estoy segura de que hay Diomedes para rato”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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