DIALOGANDO CON ANDREA


Por: Jhonny Polo

Nació en Maracaibo Venezuela, tiene 22 años y llegó a Colombia en el 2016, cuando se produjo el éxodo de miles de venezolanos hacía países vecinos por la agudización de la crisis en su territorio. Es hija de padre venezolano y madre colombiana.

Se estableció en el departamento de Sucre, en un pueblo encallado en los Montes de María. La protagonista de esta entrevista bambolea sus voluptuosas caderas por las empinadas calles de Ovejas, de donde son sus parientes por la línea genética de su madre.

Por las ventanas de las casas, los ojos escrutantes de los ovejeros, recorren las pícaras curvas de Andrea Vanesa. “No tiene nada que envidiarle a una mujer”, se escucha diáfana la voz de una señora a nuestras espaldas, mientras Andrea y yo bordeamos la troncal del norte que atraviesa al pueblo de Ovejas. El comentario de la señora es normal, me confiesa Andrea Vanesa, que previamente ha aceptado una entrevista para este medio.

Es una reconocida transgénero trans. “La única de este pueblo”, me dice, mientras pestañea con exceso y levanta el índice de su mano derecha con vehemencia para remarcar que es la única. Con este episodio suelto la primera pregunta:

 ¿Siendo Ovejas un pueblo del caribe, en donde los hombres tenemos el rótulo de ser machistas, cómo te trata esta sociedad?

Andrea hace un recorrido con la mirada alrededor del espacio en donde estamos y manifiesta sin ninguna inflexión de voz: “Bueno, la verdad por mi aspecto femenino me siento admirada, yo salgo al centro y todos: ‘Andrea que linda estás’, todos se me quedan mirando fijamente, como yo visto sexy; te diría que el ochenta por ciento de las mujeres me admiran y el veinte por ciento que no quisieran ser como yo”. Mientras dice esto, se toma el cabello de debajo de la nuca y hace un movimiento de comercial de Victoria secret. “Soy tan bien recibida en esta comunidad que fui reina del carnaval del 2017”, puntualiza.

¿Por qué elegiste ese nombre y no otro?

Bueno, mi nombre de niño es Andrés José Rodrigues y el de mujer es Andrea Vanesa Goycochea, entonces el Andrea porque viene de Andrés, Vanesa porque siempre me ha gustado ese nombre, suena lindo y Goycochea es el segundo apellido de mi papá y se escucha de clase”.

Mientras cruza las piernas con dificultad, a través de una falda excesivamente corta, Andrea devela apartes de su vida, en su residencia ubicada en el barrio 4 de octubre de Ovejas. Es así como por medio de una serie de preguntas, nuestra entrevistada nos desnudará su existencia.

Ahora me ofrece un café y ella también se sirve uno de un termo azul, previamente dispuesto en una pequeña mesa que separa su silla de la mía. Le pregunto:

¿Cuáles fueron los motivos que te movieron a emigrar de Venezuela hacía Colombia?

“Bueno, llegué en julio de 2016 a raíz de la enfermedad de mi abuelo. Mi mamá no podía venir, entonces decidí viajar a conocer a mi abuelo y de paso a Colombia. Me regresé el 29 de agosto a Venezuela y llegué el 30, ese mismo día llamaron para avisar que mi abuelo había fallecido, por lo que me vi obligada a retornar”.

¿Una vez estando acá en Colombia, qué te motiva a quedarte a vivir?

Como una serpiente que cambia de piel, trata de acomodarse en una silla Rimax y, mientras sorbe del pocillo atenazado en sus dedos el humeante café, me da una respuesta a secas: “Quería trabajar y operarme las nalgas, pues allá en Venezuela la situación no era la mejor”.

¿Cómo te las arreglas para subsistir en un pueblo pequeño como Ovejas?

Andrea fija su mirada en un cuadro de unas gaitas y unos tambores que cuelgan de la pared y empieza a decantar la respuesta. “Te contaré desde el principio: un viernes de mediados de noviembre, recién llegada, salí a rumbear. Recuerdo que regresé tarde a casa, tipo dos de la mañana o dos y media, no preciso muy bien la hora. Mis familiares acá en Ovejas viven a orillas de la carretera, justamente al frente de un resalto. Mientras toco la puerta para que me abran, viene una mula y se detiene. Yo me acuerdo que el mulero me dijo: ‘Oye niña hermosa, ¿tienes tinto?’. Yo no sé qué es tinto, le respondí. ‘Café’, me aclaró el hombre. ‘Y usted, ¿qué hace?’, me volvió a preguntar. Nada, esperando que me abran, le contesté. ‘Ah, así de linda debería ponerse a vender café’. Yo sonreí y él siguió su ruta. Al rato pasó un camión, se detuvo y el conductor me dijo: ‘Hola mi amor, ¿tienes café?’. No, yo no vendo café. Enseguida el hombre me convidó, me hizo una propuesta indecente”. Andrea me mira y se sonríe con algo de pena y continúa. “Yo tan desligada de este tema, me abren la puerta y me meto al instante, me quedé sorprendida”, remarca con una leve sonrisa mientras sigue narrando. “Al día siguiente me levanté con la idea de vender café por la noche y fue cuando empecé mi propio negocio: vender café en el resalto de Ovejas”.

¿Y ese negocio si te era rentable?

“Pues déjame, te sigo contando”, repuso y continuó. “Al día siguiente, salí a Sincelejo y me compré un termo, una bolsa de café grande y cinco libras de azúcar. Con todo esto salí a las seis de la tarde y me paré a la orilla de la carretera con el termo lleno de tinto que me preparó una tía, y a pesar de que era domingo de poco tráfico, un termo se iba tras otro termo, vendí cinco en total… Los conductores se quedaban admirados de ver a una travesti vendiendo tinto”, me mira y remarca. “Sí, una travesti, porque eso era en ese tiempo. Ahora soy una transexual”.

¿Cómo haces esa transición de travesti a transexual?

“Bueno, como te venía contando, con el café me iba muy bien, pero con los clientes muleros y camioneros vinieron las propuestas indecentes, propuestas que acepté por dinero y me va demasiado bien, pero jamás me subo a una mula, porque esos muleros tienen el mal vicio de tirarla a una por la puerta, mientras la mula va a toda velocidad, para no pagar el servicio… Con lo bien que me iba, en poco tiempo tuve para hacerme las nalgas y para ponerme estas tetas”, mientras dice esto, hace un movimiento de pectoral como si bailara zamba. “Con estos atributos dejé de ser travesti y me convertí en una chica trans”.

¿Cómo te desenvuelves en el negocio en estos tiempos de pandemia y de cuarentena?

Antes de responder, se levanta de la silla con cuidado y se dirige a una habitación de la que sale con una cámara webcam, se sienta nuevamente en su Rimax, entrelaza sus piernas y gira el cable que sostiene la diminuta cámara como si fuera un vaquero de rodeo, y dice: “Con esto me rebusco, ahora soy chica webcam. Pagan muy bien, además se libra uno del contacto y que le contagien ese virus y le peguen de paso una enfermedad de tipo sexual”.

Andrea manifiesta que le va de maravillas como chica webcam, y, es lógico cuando el distanciamiento social se ha vuelto algo imperativo, el hecho de guardar distancia y estar encerrados ha disparado la demanda de cibersexo y el sexting. Las plataformas dedicadas a esto se han disparado. El sexo sin contacto, sin sentir efluvios ha sido uno de los grandes ganadores de esta pandemia.

¿Qué es lo que más extrañas de Venezuela?

Le hago esta última pregunta. Ella asiente con un leve movimiento de cabeza: “Lo que más extraño es la universidad, porque aquí donde usted me ve, yo estaba estudiando para ser médica.

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