DEPREDADORES DEL SILENCIO


Por Manuel Medrano

El Ron y la Cerveza de mis vecinos parece que no emborracharan. Desde las 9 de la noche se emparrandaron y como creen que la música solo se usa cuando se toma trago, prendieron el equipo de sonido a todo volumen y son las 11 de la mañana del otro día y esos indolentes ni siquiera se percatan de que no han dejado dormir al vecindario, y muy especialmente a don Pedro, quien hace 15 días sufrió un derrame cerebral. No les importa el Sol canicular, ni el sofoco de los 40°C grados de temperatura. Beben como si el ron se fuera a agotar o se aproximara una prolongada sequía etílica.

Todo esto me recuerda la época en que Diomedes Díaz o el Binomio de Oro lanzaban al mercado un nuevo álbum discográfico. La fanaticada no tenía consideración con los abuelos ni los velorios. Los equipos de sonido retumbaban y la vibración auditiva rompía las ventanas de vidrio a los alrededores; toda la noche sonaba la música del Cacique de la Junta o las canciones interpretadas por Rafael Orozco y el acordeón de Israel Romero.

La ordinariez y la falta de educación eran evidentes y el atropello y la falta de cultura ciudadana entremezclada con el fanatismo trasnochaban a los habitantes del barrio que en silencio se tragaban semejante agresión.

Un día conmovido por la angustia de los ancianos, llamé a la policía, la cual acudió en una radio patrulla. Y pásmense ustedes el de la bulla era un policía que estaba de cumpleaños.

Aquí hay mucho trabajo por hacer y no hemos dado el primer paso. Es una ardua labor la que nos espera. Hay que iniciar un proceso educativo que oriente y sensibilice, que logre reafirmar un proceso de toma de conciencia, y la responsabilidad en la edificación de un destino colectivo que estimule el advenimiento de un ciudadano transformado, como lo merecen nuestros pueblos.

Una “reingeniería social” que posibilite una visión de un hombre más humano, respetuoso y tolerante, donde los valores éticos coadyuven con una mejor forma de comportamiento, los criterios, apreciación y justificación de las motivaciones, en la búsqueda de una sociedad más armónica, donde las relaciones humanas no sean subvaloradas y los intereses particulares y de grupo no estén por encima del proyecto común que la comunidad añora.

Es necesario que en todos los pueblos del departamento comiencen a darse lazos de compromisos que tipifiquen un comportamiento digno de mejores loas, con cohesión y arraigo, porque según los entendidos en la materia “en la medida en que los ciudadanos se sientan partícipes de una comunidad (política, religiosa, lúdica, teórica,) con deseos, valores, creencias e ideas comunes, se fortalece su compromiso por emprender proyectos colectivos”. La vivencia de la cohesión desarrolla actitudes como la solidaridad, la ayuda mutua, el respeto, la convivencia y la paz.

Nuestros pueblos no pueden seguir siendo ajenos a una propuesta de esta naturaleza, que penetre todos los estamentos, convirtiéndose en una actitud sólida, para que las autoridades, apoyadas por estrategias que convoquen a los medios de comunicación, a la empresa privada y a los comerciantes, en aras de seguir los ejemplos exitosos obtenidos por ciudades como Bogotá, Cali y Medellín.

Definitivamente hay que granjearse el apoyo de los profesores y maestros, en los colegios y universidades, para que reflexionen sobre el papel que deben jugar en la implementación de la cultura ciudadana que las ciudades y municipios están clamando a gritos.

Qué tal que los estudiantes reacción de forma positiva, dando muestras de civismo, adquiriendo sentido de pertenencia sobre el entorno del hábitat en que se desenvuelven a diario; que la gente diga son los estudiantes los que pasan, son educados, solidarios y amables; qué tal que los taxistas les hablasen a sus pasajeros de la necesidad de mantener limpia la ciudad y llevara consigo siempre una canastilla receptora de los desperdicios y basura.

Con la ayuda de todos podemos empezar a respetar los semáforos, a no utilizar pitos y bocinas fastidiosas y dañinas, desacelerando nuestro acelere y por supuesto, pensando en el perjuicio que nos hacemos nosotros mismos.

Qué bueno sería tener un excelente vecindario, donde realmente se sepa cómo utilizar la música, para que la diversión de unos no se torne en un acto de agresión contra los otros por el escándalo de los equipos de sonido a cualquier hora del día o de la noche, para que desaparezcan los brotes de irracionalidad que a menudo se avizoran en la barriada.

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