DE LA REBELDÍA A LA RECONCILIACIÓN


CANDÍLES EN LA NIEBLA DE HÉCTOR ROJAS HERAZO

Por: Kelvin De Jesús Correa Hernández – Francisco Javier Jiménez Barrios
RESUMEN

Candiles en la niebla, en comparación con los poemarios previos de Hector Rojas Herazo, revela un cambio de actitud en el hablante lírico: un paso de la rebeldía a la reconciliación, mostrando un temple de ánimo más mesurado y reflexivo. Asimismo se hace evidente la remitificación de la figura de un Dios que con tanto esfuerzo el poeta humanizó y desprestigió en sus cinco primeros libros. 

PALABRAS CLAVE: Cambio, reconciliación, mitificación, Dios, rebeldía.

En su tesis de especialista en literatura del Caribe, Peluffo Sánchez (2000) realiza un trabajo titulado “Desmitificación e irreverencia en Héctor Rojas Herazo”, en el cual nos acerca a la visión corpórea y humanizada de Dios hecha por el autor colombiano. La investigadora expone que el hablante lírico desmitifica a Dios completamente; cambia esa figura de fuerza y omnipotencia, de la cual nos habla el mito judeocristiano, por un ser cansado y viejo. Es innegable que al iniciar su obra poética con el libro Rostro en la soledad y finalizando en Úlceras de Adán el hablante lírico rojasheraciano da muestra de ello,  pero el estudio realizado por Peluffo (2000), no abordó a Candiles en la niebla, pues, para la fecha de publicación del trabajo en mención, aún no salía a la luz. En razón de lo anterior, en este artículo se observará cómo el hablante lírico desmitifica a Dios, pero al llegar al último poemario se desdobla y nuevamente lo mitifica.

La irreverencia de la cual habla Peluffo Sánchez (2000) en relación al hablante lírico debemos asociarla al concepto de ‘rebeldía’, dándole un enfoque complementario a ese estado pendenciero contra la autoridad, puesto que en este caso no es focalizada sólo a la figura Divina de la tradición judeocristiana, puesto que detrás de todo ello hay un trasfondo mucho más amplio: la batalla no solo se lleva contra Dios, sino también  contra el sistema social existente en la Colombia de los siglos XIX y XX.

Beatriz Peña (2004) nos habla de esto al decirnos que:

Colombia llega a la década del cuarenta con una fuerte tradición católica y con normas rígidas de control social señaladas por la iglesia y grandes tabúes sobre el cuerpo y la sexualidad. La fisionomía del hombre no era tema de conversación, mucho menos de manifestación poética. En ese entonces llega Rojas Herazo con el realismo y la crudeza del léxico tropical, que permite nombrar las cosas por su nombre verdadero. Poesía ansiosa, suspirante, agitada y nerviosa, carente de eufemismos y ahíta de desparpajos, que destruye los patrones de las generaciones anteriores. (p. 6).

Ahora bien, comprendemos que Rojas centra su ataque en Dios para luego trascender a la sociedad mismas, pero ¿cómo se da esta lucha? ¿Qué recursos emplea el hablante lírico rojasheraziano para expresarse y controvertir? Una de las formas de ataque fue transformar la figura de un Dios que abre mares y hace brotar agua de las rocas, por un ser necesitado del consuelo del hombre:

[…] De manera que aprieto sus dos manos,

una así contra otra, llenándolas de nada […]

(2004, p.279).

En estos dos versos el hablante lírico muestra cómo llega al esplendor de su rebeldía. En la tradición judeocristiana, el hombre siempre tendrá un ser que, gracias a su omnipresencia y omnipotencia, puede oírlo y consolarle; pero en la versión rojasheraziana, es Éste quien requiere del hombre.

Para realizar esta desmitificación, el hablante lírico, al igual que el Adán del poemario Úlceras de Adán, ve la necesidad de crearlo y como lo único que tiene a disposición para la reinvención es su propia corporalidad y experiencia, hace uso de estos elementos. Veamos, entonces, en el siguiente fragmento, cómo a un ser de facciones cansadas y ojos de ensoñación, igual a la imagen que a diario ve del otro lado del espejo, haciendo que parezca un auto-consuelo o la consolación de un individuo cualquiera:

[…] De manera que aprieto sus dos manos,

una así contra otra, llenándolas de nada.

Y después le pregunto si está bien,

si ha gozado en el juego,

si le han dado su poquito de incienso,

o si ya no le duelen los huesos con el frío de la noche.

Así lo trato y él me responde igual.[…]

(2004, p.279).

El hablante lírico ha mutado a Dios, ha hecho una máscara de sí mismo y se la coloca a Él, con lo cual lo vuelve carnal, enfermo y necesitado.

Hasta ahora no se ha dicho nada nuevo, puesto que lo anterior va en función de los planteamientos hechos por investigadores como Peluffo Sánchez (2000) y Caballero De la Hoz (2005).  No obstante, un elemento nuevo que se quiere mostrar en esta investigación es que  parte de la lucha representada por el hablante lírico se ubica en una  rebeldía trascendente en razón de los conceptos en un período de un país latinoamericano (Colombia). Estos conceptos y preceptos motivados y cuidados por el catolicismo, que se ciñe a la tradición judeocristiana.

Sin embargo, Héctor Rojas Herazo no se queda conforme con lo realizado hasta el momento y, al igual que los tiempos y la mentalidad cambiaban, se ve en la necesidad -y con el deber literario- de crear un hablante lírico para reinventarse y continuar.  De modo que, sigue con sus indagaciones frente a Dios.  Y de esta manera, sin alejarse del estilo filosófico y pulsante, presenta notables cambios en Candiles en la niebla.

Por consiguiente, el cambio sustancial en Candiles es el nuevo tono utilizado por el hablante lírico. Pues podríamos definirlo como “reconciliador”; pero una reconciliación que, por su contenido, sería mejor abordarla como aceptación de la divinidad, en el sentido de reconocer no (poder) haber superado el misterio. Igual sucede con el temple de ánimo, que por consiguiente, será más mesurado.

Entonces, es este el momento en el cual nacen nuevas preocupaciones en sus versos, por ejemplo, el error o la equivocación en la idea de Dios, su propia muerte y el cansancio; En suma, el hablante lírico se torna más reflexivo y se involucra en un escenario metaliterario.

Para soportar y dar valor a lo planteado anteriormente, veamos algunos textos.

El poema “Revelación”, en sus primeros versos, sugiere una nueva postura. Esta ya no será referida únicamente a Dios o al hombre de manera general, sino que se centrará en él mismo como ser humano, comunicando que a lo largo de todos estos años y en cada uno de los versos testimoniales ha cometido un error:

Entonces vi tu verdadero rostro.

El de llagas de carbón y de lirio.

El que ilumina tu bosquejo de luto.

El que te hace renacer

en facciones que nunca fueron tuyas

labradas sin tu piel ni tus huesos

en anteriores sueños.

(2006, p. 30).

En toda su obra Rojas Herazo siempre ha sido muy reflexivo en cuanto a la existencia del hombre y su tránsito por el mundo y la forma en la cual Dios puede o no mediar en esta, pero en los anteriores versos apreciamos que ya su hablante lírico no razona sobre elementos externos o la sociedad, sino sobre sí mismo.

El poema anterior se encuentra escrito en primera persona y muestra la aceptación de un error del pasado: “entonces vi tu verdadero rostro”. Segundo, ¿a quién se dirige? Pues a aquel que en el pasado fue el receptor de sus fuertes crítica, pero luego hizo que su concepción diera un vuelco, hasta el punto de no reconocerse a sí mismo en esa otra figura que intentó trazar: “El que te hace renacer/ en facciones que nunca fueron tuyas/ labradas sin tu piel ni tus huesos/ en anteriores sueños.”

El poema “Revelación” hace pensar que algo nuevo ha visto, ha llegado algo que le era desconocido.  Y esto no es más que un Dios sumamente distinto al que concebía.

Esta nueva visión se puede apreciar aún más en “Las formas del silencio”. En sus poemarios anteriores éste era humanizado, como lo afirma Peluffo (2000) y, además, desligado completamente del hombre, pero en los siguientes versos se afirma un lazo directo con la deidad: “Buscando en las aceras/ al posible habitante/ que en nosotros existe.”(2006, p.30).  Ese lazo Dios-Hombre está presente, lo cual queda claro en los versos, y demostrando que el hablante lírico piensa en la esencia divina, la cual plantea que, si bien Dios mismo no está en nosotros, algo suyo llevamos adentro.

Esta nueva voz poética no ha nacido en la brevedad.  En sus versos lo muestra al decirnos que, a pesar de explorar y razonar sobre la existencia del hombre y las posibles razones del sufrimiento por el cual ha atravesado, sí es a Dios a quien ha buscado todos estos años. Obsérvese, entonces, qué expresa sobre ello en “Maquinaciones del deseo”:

Ya me lo han restregado y repetido

por añares y siglos:

es a Dios a quien buscas

pues Él tiene la clave.

¡Sí es a Él!, respondo

pero ¿qué es o quién es Dios?

¿Es el lado

izquierdo o derecho de algo

una estrujada sombra

que a su turno nos busca?

El verdadero sufrimiento

es no adivinar el camino. […]

(2006, p.34).

En este poema el hablante lírico de Candiles reconoce que sus intentos por dar respuesta a la incógnita de Dios fueron ineficientes, y en los versos de “Otro delirio en el secreto” se ve que esta búsqueda incesante sólo tiene una forma de llegar a un punto aceptable, el cual es no enfocar a Dios a partir de la simple mirada del hombre. Con este ser no funciona la razón ni la imaginación y esto es lo que reconocer el H.L. Para entenderlo es necesario un proceso complejo que se escabulle de los alcances de la lógica; por lo tanto la voz poética reconoce que:

Lo que buscas

lo encuentras sin lograrlo

en el enigma mismo que te

embiste […]

(“Otro delirio en el secreto”, 2006, p.26).

Hasta ahora se ha podido apreciar cómo merma la disputa con Dios y acepta su incompetencia frente al misterio; pero a pesar de esto continúan sus quejas.

Cuando en “Una sombra en el muro” enuncia que: “Mas allá del instante/ en su duro esplendor/ estás inmerso. / Sus llamas te aprisionan/ y liberan/ y en su efímera eternidad/ arden tus sueños.” (Una sombra en el muro, 2006, p.53).  El hablante lírico eleva una queja, pues no acepta que Dios le otorgue al hombre una pseudolibertad.  Que a pesar de permitirnos ser libres, tener sueños y un llamado libre albedrío, siempre está atado a Él y que nunca nos podamos alejar de su esplendor.

Antes de Candiles en la niebla, el H.L., expresa algunas dualidades en las cuales sobresalen dos grandes relaciones que se dan de forma directa y que podemos especificar como: Dios/humanidad y hombre/Sufrimiento. Pero, aparece ahora otro de los vuelcos significativos.

En “Úlceras de Adán” al leer el poema que le da nombre a este poemario se presenta una relación de Dios/humanidad, lo que es apreciable al leer los siguientes versos:

Y él se golpeaba el pecho, se decía,/

yo suspiro otra cosa, yo quisiera,/

mientras Dios, en el viento, respiraba”

 (2004, p.342).

En el poema se hace referencia a un hombre, al primero en la tierra según la tradición judeocristiana: Adán; quien en el poema es un personaje que se da golpes de pecho, y se muestra como un ser reflexivo, pero además se menciona a un Dios al cual se le atribuyen acciones humanas, tal es el caso de respirar.

Pero esta no es la única condición de mortal que en este poemario se le adjudica, pues al leer “Confianza en Dios” nuevamente lo encontraremos:

Cuando llega el momento

(varias veces al día, la semana y el año)

Tiento a Dios, a sus codos,

al alambre en el que pone a secar sus membranas.

De manera que aprieto sus dos manos,

una así contra otra, llenándolas de nada.

Y después le pregunto si está bien,

si ha gozado en el juego,

si le han dado su poquito de incienso,

o si ya no le duelen los huesos en el frio de la noche […]

(2004, p.279).

Es todo este poema una alegoría a un Dios que necesita del hombre, un ser cansado y temeroso al cual se le puede conocer a través de los sentidos.

Ahora bien, encontramos que en  Candiles el hablante lírico le da una rotación completa a esta visión, pues, ya no es un ser que se limita a ver a los hombres o alguien que podamos tocar o consolar, contrariamente, somos nosotros quienes recurrimos a Él por un poco de consuelo. Ahora se hace una relación de Dios/inmortalidad, pues se eleva su concepción.

Para hablar con mayor propiedad veamos algunos poemas de este libro. Iniciando con “Maquinaciones del deseo” (2006) leemos:

Sin embargo, a veces lo olfateo

 Está allí, a pocos pasos.

 Hurgando en la alacena

o susurrando en el insecto

que besuquea o lastima una flor.

 A veces me llama tiernamente.

sin hacerlo siquiera con mi nombre.

 Simplemente tocando o soplando sobre algo

que en nosotros responde/ a pesar de nosotros.

(p. 34.).

Al inicio de esta cita se podría  encontrar un poco de contrariedad frente a la idea que se ha  planteado, pues el hablante lírico, al mencionar que puede olfatear a Dios, pareciera decir que es tan físico y material que puede acercarse a Él por medio de los sentidos, o que al “hurgar en la alacena” realiza actividades particulares de los hombres, pero si se hace  un análisis paradigmático se comprende  que al utilizar el verbo “olfateo” en lugar de “huelo” se hace referencia no a la sensación de aprehender el olor de algún elemento natural, sino que se refiere al hecho de ‘rastrearlo’, aunque esta percepción no se referirá a la apreciación material, sino a un sentir subjetivo.

Lo anterior en cuanto al análisis lingüístico del poema; pero si se le da un sentido completo a la cita se comprende que con ello quiere decir que Dios no es un ser que se encuentra apartado de nosotros, sino muy cerca, “a pocos pasos”; más que ser alguien que se encuentra sentado esperando que lleguemos a contentarlo con un poquito de incienso o a darle ánimo apretando sus manos, es Él quien se acerca, pero al no ser humano (o material) no se pueden tocar sus dedos. Es por ello que utiliza su imaginación, para hacer referencia a este “contacto” y menciona al insecto, la flor, etc.

Además, en ocasiones (Dios) “nos llama tiernamente”, sin una voz de trueno, sino como el mismo hablante lírico lo explica en los versos siguientes: “Simplemente tocando o soplando sobre algo/ que en nosotros responde” (2006, p.34). Es apreciable, además, que aquí desaparece la idea de un Dios vengativo y castigador, lo que equivale a un cambio cosmovisivo reconciliador  por parte del personaje rojasheraciano.

Cuando en los tres últimos versos de esta cita se lee “simplemente tocando o soplando sobre algo/ que en nosotros responde/ a pesar de nosotros” (2006, p.34) es claro ver que se señala una distancia entre Dios y el hombre haciéndose apreciable que Él (Dios) actúa distinto al hombre, que su forma de acercarse a nosotros no es tan básica o física como son las relaciones o acciones a las cuales nos encontramos acostumbrados, porque en lugar de recurrir a los sentidos, Dios actúa a su manera, a su particular manera.

El hablante lírico se muestra, en poemarios previos al estudiado, abatido por el sufrimiento en un estado de suplicio del cual Dios parece tener gran parte de la culpa. Caballero (2005) realiza un interesante análisis en el cual nos dice que: “El hombre tiene el paraíso a sus espaldas y, por consiguiente, a ‘Dios tocándole la espalda’, por ello debe abandonar el sueño de regresar a ese paraíso, debe romper la ilusión de llegar al cielo(p.42). Pero esta no es la única forma de apreciarlo. Para analizar la relación Hombre/Sufrimiento hay que partir del hecho expuesto en el cual Dios crea al hombre y luego de crearlo lo abandona, se olvida de él y termina siendo un simple espectador de su miseria. Esto es apreciable en “Adán”, del poemario Rostro en la soledad, cuando Rojas Herazo escribe:

[…] Hierve tu soledad como la noche sobre el fuego.

Los símbolos son posteriores a tu desnudez.

Las normas se nutren primero de pavor

para llegar a tu círculo de castigo.

¡Qué hermoso es tu suplicio, Adán,

hombre lejano, hombre solo,

dueño de las criaturas en el primer silencio

del agua frente a la voz!

Dios no ha tocado tu frente ni a arrugado tus párpados

ni la espiga sacude de tus manos

   el dolor de una ceniza llorada.

(2004,  p.43).

Para despejar dudas en cuanto al reconocimiento de una descendencia divina, a continuación citaremos los siguientes versos donde veremos que el hombre se concibe como creación de un ser superior:

[…] Es esta furia mía de saberme encendido,

de tener claridad

de ser zumbido

silbo de Dios

silueta diferente. […]

(“2004, p.107).

De igual forma, el siguiente verso del poema “La espada de fuego” que se encuentra escrito en el mismo poemario, lo muestra: “Nosotros estábamos cansados de haber sido hechos” (p.190).

Es este el asunto por el cual el H.L, se encuentra tan enojado con Dios, sería esta la razón de su rebeldía y disputa.  No acepta haber sido creado por un ser superior y perfecto que después de traernos a un mundo lleno de imperfección nos deja solos a nuestra suerte. Pero el abandono no es la única causa del sufrimiento, pues la soledad del hombre se puede apaciguar con la compañía de otro humano; otra de las razones del sufrimiento es la desesperanza que al saberse solo y abandonado, se pasa a otro nivel mayor, el cual es el desamparo. El hablante lírico en muchos de los poemas se encuentra desamparado y se reconoce de esta forma al elevar súplicas cargadas de sufrimiento y bañadas con un gran matiz de odio. Veamos cómo en “Salmo de la derrota”, del libro Agresión de las formas contra el ángel es apreciable:

Pero qué, ¿el rictus de tu pupila es suficiente?

¿puedes, acaso cubrir esta lujosa desdicha,

este abandono suculento,

esta nevada obscuridad,

con el perdón de tus despojos?

¿Basta que nos habite tu ausencia para que hayamos rebasado el lindero?

(¡Hijo, hijo, me ha dicho tantas veces el retórico!

La faena está a punto de cuajar,

Tu desfallecimiento tiene algo de arribo.

Pero siento que mi llegada ha roto el equilibrio,

Que mi ojo es mucho más hambriento que mis vísceras,

Que un ascua, para la cual no hay agua,

Me devora la frente).

El mundo es una camisa demasiado grande.

Demasiado de todo esto

De verdura, de soledad, de arena, de ángel.

Caemos, sí, caemos,

Hacia dentro caemos.

Sin caridad hacia nosotros contribuimos a la destrucción.

Con alegría nos destruimos.

(2004, p.224-225).

Hemos hecho esta extensa cita para aprehender todo el sentido que los versos anteriores le pueden dar a la hipótesis que se ha planteado. En cada una de estas palabras el hablante lírico trasmite sensaciones de su infinito abandono acompañado por un cruel y casi que enfermizo desamparo que él a diario toma con una disimulada resignación.

En Candiles en la niebla no se encuentra un cambio en el cual se pasa del sufrimiento al júbilo, pero sí se da un cambio del sentido atribuido al sufrimiento. Ahora la culpa no es únicamente de Dios. Él, sin duda, continúa influyendo notablemente ante este sentimiento, pero el hablante lírico ‘reconoce’ que gran parte de la culpa recae sobre él.

En el poema “Otro instante” los siguientes versos mostrarán que el tono es comparable al utilizado por el hablante lírico en “Salmo de la derrota”, que como su nombre lo indica, sería el de un hombre desdichado que no encuentra consuelo:

Cuando ambulamos sin saberlo

entre el suplicio

de un olor o una sombra

que guiando nuestros pasos,

olvida nuestros sueños

sin saber de nosotros

(2006, p. 29).

Entonces, este tono de derrota no se utiliza para expresar los mismos padecimientos, pues si en Agresión de las formas contra el ángel indicaba un abandono y desamparo de Dios hacia el hombre, en el poema de Candiles en la niebla se sigue sufriendo, pero ahora será por no ser autónomos, por encontrar siempre algo o alguien, a quien no podemos definir completamente, pero que se encuentra guiando nuestros pasos, alguien que “olvida nuestros sueños/ sin saber de nosotros”( “Otro instante” Candiles en la niebla,  2006, p. 29 ), quien no nos permite decidir libremente, pues siempre está su mano inmersa. En los versos anteriores encontramos una palabra  que le da completa validez a nuestro planteamiento: ‘suplicio’. En el poema se hace un reconocimiento de la presencia de Dios como sombra , y desde ese punto de vista ya es algo contrario a sus antiguos textos, pero la cuestión recae en la característica que le atribuye a su presencia: sombra que se encuentra entre nosotros, pero que es causa de tormento. De suplicio.

Ahora bien,  anteriormente se hizo alusión a un tema de gran importancia y es lo concerniente a la supuesta libertad del hombre.  El hablante lírico, en sus obras anteriores, no hablaba de libertad, sino de abandono, mientras que en este último libro ya no reniega contra un estado de soledad “paterna” del Dios judeocristiano, sino por un aparente estado de libertad, pues ésta es incompleta.

En el siguiente poema titulado “Una sombra en el muro”, vemos cómo se concibe una realidad humana que no se podrá desprender jamás de una voluntad divina.

-No hay salvación  –

Más allá del instante

en su duro esplendor

estás inmerso.

Sus llamas te aprisionan

y liberan

y en su efímera eternidad

arden tus sueños

(2006, p.53).

Sólo con el verso inicial se puede percibir la resignación al padecimiento.  Existe una contemplación,  ¿de qué? de toda su vida; un transcurrir en este mundo donde haga lo que haga siempre estará ligado a algo que puede ser un deceso, tal vez, o algo más, y, sin duda, en los versos siguientes lo hace saber.

Se habla de un instante, de una efímera eternidad, un muy corto lapso que se puede definir como vida. Y en este tiempo en el cual nos encontramos en un “valle de lágrimas” lo que agudiza el dolor es saber que vayamos donde vayamos y hagamos lo que hagamos siempre estaremos bajo la potestad de un ser superior a nosotros, quien nos permite soñar en un instante fugaz, pero que cuando menos nos damos cuenta se hace efímero.  Aquí encontramos algo muy particular y es que se habla de una prisión, pero no nos aprisiona una celda o fuertes manos, es una prisión de llamas de fuego, lo que hace menos probable la liberación. Además, hay una palabra clave: Esplendor. Es simple la cosmovisión: un ser superior a todo nos permite soñar, pero nos aprisiona en una cárcel de llamas que se encuentra limitada a su voluntad.

En suma, hallamos que en Candiles en la niebla, el libro póstumo del poeta, éste intenta saltar su propia sombra, hace un intento por culminar un tránsito que inicia en el encuentro del hombre en el mundo dotado simplemente de sus instintos primeros, continúa con una rebelión de un hombre que se siente abandonado y frustrado que lucha directamente con Dios, el creador; pero al llegar a éste, su último poemario, el hablante  da un paso de gran importancia, le da una visión completamente distinta a dicho Ser (Dios) dotándolo nuevamente de divinidad y reconciliándose con él.

Mitificación del hombre y su existencia

Beatriz Peña (2004), en el libro Poesía rescatada 2, más exactamente en el capítulo titulado “Retrato de un poeta. Trazos hechos con los colores del trópico” nos dice que Héctor Rojas crece escuchando a “la tía Tulia, lectora voraz de Homero” […] y quien era “también, la lectora oficial de la Biblia y moderadora pertinaz de las discusiones de su contenido (p. 23 y 24)”.  De allí que el poeta sea amplio conocedor de los relatos bíblicos, algo que demuestra en sus textos al aludir al nombre de personajes y sucesos contenidos en el Libro Sagrado. Pero esas tardes sofocantes del trópico también eran bañadas por las hazañas de los griegos en las aguas del mar Egeo donde Ulises y Aquiles comandaban a valerosos guerreros. De esta forma, con tardes de lectura, crece aprendiendo dos de las más grandes tradiciones míticas conocidas por el hombre: la tradición judeocristiana y la tradición helénica. Al ser tan joven y recibir toda esta educación literaria y bíblica es apenas obvio que en su obra recurra a estos referentes. Un ejemplo sencillo de ello son algunos de los títulos de sus poemas: “Nuevo Satán”, “Adán”, “Narciso”, “Ángel”, entre otros.

Pero Rojas Herazo no solo utiliza este conocimiento para nombrar poemas sino, también, para explicar la condición del hombre, extrapolando a un plano divino su existencia. Hay algo particular dentro de todo esto y es que el poeta emplea el mito judeocristiano, principalmente para criticar o estudiarlo a él mismo -entra para hacerlo estallar desde su interior-, mientras que la tradición helénica la utiliza como referente para hacer su estudio humanístico de la existencia del hombre.

Para desarrollar la idea que se ha planteado y que definiremos como la Mitificación de la existencia del hombre, compararemos los clásicos mitos de Atlas y Sísifo en relación con los poemas de Héctor Rojas.  Es de aclarar que estos mitos no se trabajarán de forma aislada, sino que los integraremos y analizaremos de la forma en la cual se encuentran contemplados  en la obra del toludeño, a fin de darle sentido a la visión  que propone.

Se hace necesario, primeramente, acercarnos a estos dos mitos. Entonces, para conocer un poco más de Atlas, citaremos un fragmento de un artículo hallado en la Web.

El titán Atlas era hijo de Japeto y de la ninfa Climene. Después de que los titanes se hubiesen puesto a disposición de Zeus y sus hermanos, Atlas no fue hecho prisionero en el mundo de los muertos como el resto de ellos. Zeus  le infligió un castigo especial que consistió en cargar con el arco de los cielos  sobre sus hombros. Atlas llevó a cabo la terea en el rincón más occidental que los griegos conocían y que se situaría cerca del estrecho de Gibraltar. (Mitos y leyendas, On line).

Para conocer un poco más de Sísifo citaremos el trabajo de Albert Camus titulado El mito de Sísifo, en el cual hace un gran estudio del castigo infligido a éste por parte de los dioses gracias a su conducta:

Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, se inclinaba al oficio del bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones  sobre los motivos  que le llevaron a convertirse en el trabajador inútil de los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló los secretos de estos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le asombró esa desaparición y se quejó a Sísifo. Este que conocía el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diera agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestiales. Por ello le castigaron enviándole al infierno. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la muerte de las manos de su vencedor.

Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojara su cuerpo insepulto en medio de la plaza pública. Sísifo se encontraba en los infiernos y allí, irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver el rostro de este mundo, a gustar del agua y del sol, de las piedras cálidas y del mar, ya no quiso volver a la oscuridad infernal. Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron de nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por el cuello, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca. (Camus, 1955, p.156-158).

Los anteriores son personajes que tienen un castigo, el cual se ha denominado como “Carga”. Atlas carga el mundo mientras Sísifo, a su vez, carga una gran roca. Cada uno de sus días es un sufrimiento continuo por el hecho de sostener sobre sus hombros un gran peso. El peso de la tierra y el peso de la roca, que según lo expresado en la poética de Héctor Rojas, podemos aseverar que son directamente proporcionales al peso que el hombre carga por el simple hecho de vivir.

En el siguiente poema escrito por el toludeño se verá cómo, al igual que los personajes míticos, el hablante lírico contempla un ser al cual se le inflige un castigo:

[…]Las normas se nutren primero de pavor

para llegar a tu círculo de castigo.

¡Qué hermoso es tu suplicio, Adán,

hombre lejano, hombre solo, […]

(Adán, 1952, p.43).

En la siguiente cita podemos observar cómo el castigo no es una simple reprimenda, sino que se convierte en un suplicio, que, a su vez, se hace una carga eterna:

¡Ay!, nos dieron un peso de sombra en cada vena,

un ojo para cada cosa,

una valla de tacto,

un olor que se empapa de nosotros

y una risa encendida por la muerte.

¡Angel, hermano ciego,

puro

míranos ahora desposeídos de tu alegría y de tu llama!

Como un pensamiento en la mitad de una conciencia.

Tiritantes

suplicando que nos quiten esto. […]

(2004, p.190).

En las citas anteriores se percibe la relación de los personajes helénicos y el rojasheraciano, cómo son presos por un suplicio, aunque éste guarda una diferencia determinante.  Mientras Sísifo y Atlas cargan un peso físico, al hombre  lírico lo lacera un peso de sombra, algo inmaterial.

En comparación con los castigos recibidos por los personajes de la mitología griega y el recibido por el personaje rojasheraciano, guardan una relación semejante en razón de que los tres tienen un peso psíquico. Aunque este peso psíquico se distingue si se tienen en cuenta que los personajes míticos griegos los abruma lo externo, uno representado en roca y el otro en el planeta, de algún modo hay una materialización de lo que los desconsuela, el asunto está en que hay en ellos una consciencia de que al cargar la roca o el planeta van a sufrir, no van a llegar a ninguna parte: su tragedia sería anunciada desde el mismo momento de asumir cada objeto. Camus (1955), refiriéndose a Sísifo dice que “si este mito es trágico lo es porque su protagonista tiene conciencia” (p.159).

En el contexto del personaje lírico rojasheraciano, el castigo o la angustia que padece es intangible plenamente. Dios carente de materialidad le da una carga en su consiente (pensamiento).  No tiene la oportunidad de descargar la roca, su roca está siempre en la psiquis, en su poder indagatorio.  El personaje rojasheraciano inicia su camino hacia el entendimiento del misterio sin saber su final. No hay anunciado un final con reposo; por ello, fue rebelde, por eso materializó a Dios, lo humanizó, lo desmitificó, lo mitifica de nuevo, siente el cansancio de la lucha y llega al tono reconciliador.

El hombre del Candiles en la niebla lleva un peso constante, ese peso producto de su indagación y el deseo de libertad. Él no podría descargar una roca y descansar sus músculos, pues su peso es espiritual, de allí estos versos:

[…]Imagina en tus luces

la imagen que reflejas

en brumosos espejos;

la aventura

de existir sin explicarte,

sin poder responderte

un solo interrogante.

Solamente ondulando

en lo mismo que anhelas

y lo mismo en que fluyes.

(“Bruma”, 2006, p. 40).

Sísifo y el personaje rojasheraciano comparten algo que enfatiza y hace más fuerte el sufrimiento: ambos desean la felicidad, y según Camus (1955): “cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la felicidad se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca” (p. 160).

Por sí solo, el simple hecho de no tener respuestas a la situación, se convierte en un peso. Ahora, el evento de anhelar la felicidad es un doble martirio, pues se sospecha que no podría  salir del abrigo de la soledad que nos hunde en un mar de angustia porque, como  susurra el hablante lírico al oyente lírico, “No hay salvación. / Más allá del instante/ en su duro esplendor/ estás inmerso. / Sus llamas te aprisionan” (“Una sombra en el muro”, 2006, p.53).

Los personajes de los mitos son conscientes que todo su sufrimiento es motivo de sus actos pasados, pero Sísifo no comprende por qué fue castigado y ahora carga con el peso de vivir en abandono eterno y una soledad absoluta. En ese sentido:

Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento a la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser se dedica a no acabar nada. (Camus, 1955, p.158).

Estas palabras de Camus le dan sentido y justificación al sufrimiento del personaje, pero ¿por qué sufre el hombre rojasheraciano? ¿Es acaso coherente y razonable que aún muchos años después del destierro del Edén, los descendientes del pecado original, sigan sufriendo la ira de Dios? ¿Es acaso justo que naciendo supuestamente puros, sin corrupción social, el hombre deba crecer y vivir con un peso a cuestas que es del tamaño del planeta? Son interrogantes que el hablante lírico se ha realizado desde el primer poemario  y que aún en el último continúa intentando dar respuestas a todos de una forma liberadora, de una forma artística, de la forma que mejor lo sabe hacer: a través de la poesía. Obsérvese, pues, un poema donde lanza gritos al aire y se rebeldiza contra esta situación:

¿Por qué elige la muerte

un niño que olfatea su cometa

sentado en un escombro?

¿O la madre azul

que acaricia un pañal en la batea?

En eso consiste el castigo,

en heredar la culpa

soportando un atroz remordimiento.

En saber que vivimos

mientras otros llaman

en ecos suspirantes

deshechos en sus tumbas

vomitando protestas

que quieren ser lágrimas.

(“Masticando la tristeza en el olvido”, 2006, p. 56).

Finalmente, en esta ocasión,  hacemos la siguiente pregunta: ¿Qué peso es mayor: cargar el mundo físico de todos los mortales o el peso de la soledad donde hay tantos hombres y, que además posee un valor agregado: se carga con la certeza de ser creados por un ser superior que, a pesar de su poder proclamado en el mundo, no hace nada por nosotros? No elijamos mal y equiparemos las cargas; no queremos hacer ver al hombre rojasheraciano mucho más sometido que cualquiera de los personajes de los mitos griegos, simplemente contemplemos como éste se convierte en un Titán al cargar diariamente, por el tramo de ida y vuelta, una gigantesca roca en su pensamiento y espíritu; alguien que tiene “un peso de sombra en cada vena” que lo lacera  como el silencio de Dios.  En ese sentido, es indudable que la mitificación en la vida del personaje rojasheraciano sea una constante aceptación, más allá de las actitudes que pueda asumir frente al misterio.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Caballero de la Hoz, A. (2005) “Úlceras de Adán o la conciencia del destierro” En Cuadernos de literatura del Caribe e Hispanoamérica (Homenaje a Héctor Rojas Herazo, 1921-2002), nº 1, (Enero/Junio), Barranquilla: Departamento de Investigación de la Universidad del Atlántico
Camus, A. (1981). El mito de Sísifo (Trad. Luis Echávarri). Madrid, Alianza. pp. 157-162.
Mitos y Leyendas (online, s/f)  recuperado de http://mitosyleyendascr.com/mitologia-griega/grecia.
Peluffo Sánchez, B. (2000) Desmitificación e irreverencia en Héctor Rojas Herazo  (tesis de especialización). Universidad del Atlántico. Barranquilla   
Rojas Herazo, H. (2006) Candiles en la niebla. Bogotá: Uninorte.
Rojas Herazo, H. (2004) Obra Poética 1938-1995. Vol. 2.  Bogotá: Instituto Caro y Cuervo (estudio preliminar y notas de Beatriz Peña Dix).
Anterior UNISUCRE 20 AÑOS
Siguiente ¿Presentación personal…? ¿educación…? ¿prudencia…?

Sin Comentarios

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *