Cuando llega el llanto por primera vez


Por: Amaury Pérez Banquet

—¡Levántate, mijo!… ¡Mijo, levántate!
—¡Qué!
—¡Qué te levantes! ¡Alguien está llorando!
—Déjame en paz. Déjame dormir.
—No seas perezoso, levántate y escucha… alguien está llorando, algo grave tuvo que haber pasado.
—Ya te dije que no me molestes, y que me dejes dormir en paz de Dios…además, ¿quién puede estar llorando tan temprano? Ni siquiera son las cuatro de la madrugada.

—¿Y, cómo sabes que todavía no son las cuatro de la madrugada, si todo está oscuro y desde aquí no se puede ver el reloj?
—Porque aún no ha cantado el gallo y…cállate vieja, cállate, es cierto, alguien está llorando… ¿quién llorará con tanto sentimiento a esta hora?
—No sé, pero nuestro deber es levantarnos, para averiguar qué está pasando.
—Tienes razón, vieja, debemos levantarnos. Enciende la linterna.

— ¿Dónde la dejaste anoche?
—¿Cómo que dónde la dejé?
—Tú fuiste quien la apagó anoche. Haz memoria, mijo, ¿dónde la dejaste?
—Ya recordé. La dejé debajo de la cama.
—¡Y vuelve la burra al trigo! Te tengo dicho y redicho que no dejes la linterna debajo de la cama.
—Pero, ¿cuál es el problema? No le veo nada de malo que deje la linterna debajo de la cama.
—El problema es que a la lámpara le asignamos su sitio desde el maldito día en que nos casamos.
—No te enojes, es muy temprano para coger rabia, más bien enciende la linterna y vistámonos para ver quien fue el que murió.

—¿Y tú cómo sabes qué murió alguien?
—Porque yo conozco todas las clases de llantos, y ese es de cuando alguien muere.
—Si usted lo dice, señor sabelotodo…Bueno, ya está encendida la linterna. ¿Qué ropa te vas a poner?
—La que sea, vieja, la que sea… ¿Quién será el que llora así?
—¿Así cómo?

—Así… con tanto sentimiento.
—Eso es lo que vamos a averiguar, si es que algún día terminas de vestirte… Mientras tanto voy a la sala, voy a ver qué hora es.
—Deja esa lámpara aquí. No tienes nada que ir a mirar. Son las cuatro en punto de la madruga.
—¿Y tú cómo sabes?
—Porque acaba de cantar el gallo…
—¿Y qué tal que el gallo se equivoque…?
—se gallo nunca se equivoca… Ya estoy listo, salgamos a ver quién fue el que murió.
—Está bien, salgamos. Toma, lleva la linterna.
—Trae acá esa linterna y trata de ponerle un taburete recostado a la puerta que le sirva de tranca. No sabemos cuánto vamos a estar en la calle.
—Mejor atranca tú la puerta, y yo me quedo con la linterna.
—¿Usted por qué me jode tanto la vida, vieja?
—No sé mijo, tal vez lo he tomado como alimento para poder sobrevivir en esta miseria.
—¿Vas a comenzar otra vez con la cantaleta?
—No. Y deja esa puerta así, no creo que nadie tenga el coraje de entrar a buscar algo en esta casa.
—Ojalá entren y se nos lleven todo.
—Me imagino que te refieres a las deudas, que es lo único que tenemos… y de sobra.
—Al menos tenemos algo, —como solía decir mi padre—, porque hay otros más miserables que nosotros, que ni siquiera deudas tienen.

—Bueno, acabemos con ese tema, y vayamos a la casa del muerto.
—Por fin dices algo sensato… ¿por dónde es que se oye ese llanto?
—Por aquí, mijo. Sigamos derecho y luego volteemos a la izquierda, no creo que sea tan lejos.
—Mira, allá va alguien con una linterna.
—Seguro que también va a ver quién es el muerto.
— Es lo más seguro, adelantemos el paso para alcanzarlo.
—Ya estamos cerca, mijo.

— ¿Cómo lo sabes?
—Porque el llanto se escucha nítido.
—Es cierto, y al parecer hay mucha gente, parece que se nos adelantaron.

—Esa no es la casa de…
—¡Dios mío, esa es! ¡Ha muerto mi compadre!
—No te apresures, mijo. Espera a que entremos.
—Es mi compadre, el muerto es mi compadre, no puede ser otro.
—¿Y por qué no puede ser otro? ¿Por qué tiene que ser precisamente él?
—Porque él es el único que vive en esa casa. Hace más de diez años que quedó solo en el mundo.

—Y si está solo en el mundo, y él es el muerto, entonces, ¿quién lo está llorando?
—No sé, tal vez alguien se apiadó de él.
—No nos apresuremos, lo mejor que podemos hacer es acercarnos para ver qué es lo uno y qué es lo otro. ¿No te parece?
—Sí. Anda y levanta la linterna para ver si le vemos la cara al que está llorando. ¡Esta maldita neblina está más pesada que nunca!
—No maldigas nunca en la casa donde hay un muerto de cuerpo presente… ¿Estás viendo lo mismo que yo veo?
—Mi compadre está vivo y es quien está llorando. ¿A quién llorará?
—Vamos a preguntarle…
—¡No!
—¿Por qué no?
—Esperemos que termine de llorar. No vez cómo está de concentrado y sentimental. Daría pesar interrumpirle ese llanto tan sentido y tan bien jalao que tiene mi compadre.
—Tienes razón, mijo, hacía años que no veía llorar a un hombre con tanto dolor, como lo está haciendo el compadre… Oye, mijo, ¿Y tú por qué le sigues diciendo compadre a mi compadre?

—Porque él es mi compadre.
—Pero, si él nunca tuvo hijos, ni nosotros tampoco.
—¿Y eso qué?
—¡Cómo de qué! ¿De dónde sacas lo de compadre?
—Porque cuando estábamos niños nos prometimos bautizar mutuamente a nuestros hijos, y de tanto practicarlo para cuando llegara el momento, nos acostumbramos a decirnos compadre, y ahora no hay poder humano que nos impida seguir siendo lo que somos.

—¿Será por eso mismo que también es mi compadre?
—Claro que es por eso.
—¿Y nuestro compadre no es, dizque, el hombre sin lágrimas? ¿El qué nunca llora por nada en la vida?
—Por supuesto que lo es. ¿Por qué crees que ha llegado tanta gente a escuchar su lamento? Mi compadre nunca había llorado. Ni siquiera lo hizo el día que nació. Dicen que en vez de llorar, prefirió sacarle la lengua a la partera cuando ésta le dio las tres nalgadas.

—Entonces, ¿Por qué llora hoy, y con tanto sentimiento?
—¿Estás escuchando el nombre que menciona mi compadre en el llanto? ¿Sabes de quién se trata?
—Creo que es el nombre de su padre. No estoy segura.
—Estás en lo cierto, vieja, mi compadre está llorando a su padre.
—Pero ese señor murió hace más de treinta años… ¿Por qué hasta ahora lo viene a llorar?
—De pronto se acordó de él y se llenó de sentimiento. Recuerda que cuando el viejo murió no derramó ni una sola lágrima.
—Sí, me acuerdo perfectamente… Mira con disimulo a tu derecha, mijo, y ve quien llegó.
—Apague la linterna, vieja. Ya no se necesita, mire que ya amaneció… ¿Quién fue el que llegó?
—El no, la que llegó.
—Por eso mismo, ¿quién fue la que llegó?
—Pero mire, mijo, no sea perezoso. Es nuestra comadre de mentiras, la que tampoco tuvo hijos porque nunca se quiso casar con el compadre, la que lo dejó más de tres veces plantado en la iglesia. ¡Qué descaro el de mi comadre! Atreverse a venir hasta la casa de mi compadre. Qué descaro… Dios, Jesús y María.

—Déjala, vieja, si todo el pueblo ha venido a solidarizarse con el dolor de mi compadre, no veo por qué, ella no pueda hacerlo.
—Yo sólo pensaba en voz alta… ¿Ya te diste cuenta de que el compadre cambió de tono?
—¿Cómo que cambió de tono? ¿Acaso mi compadre está cantando? ¿No te das cuenta que el hombre sigue llorando, y que cada vez le pone más sentimiento?
—A eso iba yo, mijo, la música es igual que el llanto, entre más sentimiento se le pone más bonito suena… ¿Ya notaste que dejó de mencionar al papá? ¿Quién es esa mujer de la que habla ahora?
—Ahora está llorando a la mamá, después de veinte años de muerta.

—Y sigue llegando más gente, mijo, ya no está quedando espacio para nadie más.
—Va a ser necesario cortar esos hilos de alambre para unir este patio con el del vecino, para que la gente que sigue llegando pueda acomodarse.
—Oye, mijo, el compadre ahora está llorando al tío que murió por las heridas que le hizo un toro en la corraleja no sé de qué ciudad.
—No, vieja, al tío de mi compadre no lo mató un toro, el murió aplastado por los palcos que se cayeron un veinte de enero, no sé de qué año en esa ciudad de la que ni tú ni yo sabemos nada.
—Está llegando gente de otros pueblos… ¿Cómo se habrán enterado?
—Debe ser que los viajeros de ganados que pasaron esta madrugada lo van pregonando por donde van pasando… mira que los que están llegando ahora vienen en bestias.
—Estás escuchando, mijo, el compadre comenzó a llorar a los primos gemelos que le mataron hace como quince años en el ejercito.

—No, vieja, el ejército los mató cuando los gemelos estaban en la guerrilla.
—Es casi lo mismo, no vez que la palabra ejército está atravesada en alguna parte… Me parece increíble lo que estoy viendo, el llanto del compadre nos ha hecho un milagro.
—¿De qué milagro hablas?
—Mira con tus propios ojos.
—¿Qué?
—Acaba de llegar un sacerdote. El último que vimos en este pueblo fue hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo, el ingrato nos dijo que iba por unos elementos para la iglesia, que no se demoraba, que iba no más ahí cerquita no sé a qué ciudad, y nunca más volvió.
—Pero cómo iba a volver si ya nadie asistía a misa y la iglesia la cogieron de un momento a otro para almacenar maíz, frijol, ñame y batata.

—Escucha, mijo, escucha…
—¿Qué pasa?
—Ese hombre que el compadre menciona en el llanto. Ese no es familia de él.
—Si es familia de él.
—¿Estás seguro, mijo?

—Claro que estoy seguro. El mismo compadre me dijo una vez; que el bisabuelo del abuelo del padre del tío de un primo segundo suyo, tenía el mismo apellido de su mamá.
—Entonces si es su familiar. Con razón lo llora con el mismo sentimiento que a los demás.
—Además, mi compadre nunca desperdiciaría una lágrima con alguien que no sea de su familia.
—Tanta gente en este sitio y a nadie se le ha ocurrido llevarle un vaso de agua al compadre. El pobre debe tener la garganta reseca de tanto llorar. Ya es más de mediodía y no ha perdido el impulso del llanto. Yo creo que es hora de que nos acerquemos y le demos el pésame por esos muertos que nunca había llorado.

—Espérese un momento, vieja, no la embarre después de tanto esperar. Cuando mi compadre termine de llorar, le damos el pésame y averiguamos todo lo que se nos ocurra.

—Está bien, esperemos, pero… ¿Estás parando bolas, mijo? ¿Estás escuchando lo que todos escuchamos?

—Sí, vieja. Mi compadre se está llorando a sí mismo.

—¿Qué quiere decir eso, mijo?

—No sé. Esperemos que termine de llorar para preguntarle.

—Ya me estoy asustando. Esto no me gusta nada… ¿Si notas qué el llanto se siente agotado? ¿Cómo si se estuviera apagando?

—Debe de estar cansado, vieja, ya lleva más de doce horas llorando sin parar. No es para menos que el pobre se sienta agotado y que ya no quiera llorar más.

—Ya, mijo, ya dejó de llorar y se ha sentado en el taburete. Vamos a darle el pésame.

—Vamos, vieja, abramos paso entre la multitud… apúrate, mujer.

—Cálmate, no ves que la gente no me deja caminar… al fin llegamos… ¿qué tiene el compadre? ¿Por qué está así desmenguado? Tómale el pulso, mijo…

—Eso estoy haciendo.

—¿Tiene pulso? ¿El compadre tiene pulso?

—Tenemos que hacernos cargo de todo, vieja.

—¿Qué significa eso, mijo?

—Mi compadre se ha puesto al día con todos los suyos.

—¿Qué quieres decir, mijo? ¿Qué está pasando?

—Baja esa linterna, y prepárate para atender a toda esta gente que ha venido a acompañarnos en nuestra novedad.

 

Sincelejo, septiembre 13 de 2010

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1 Comment

  1. RAMIRO DE LA ESPRIELLA
    15 agosto, 2018
    Responder

    Como siempre poniéndonos a pensar al discurrir de cada letra.

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