BREVE TRATADO DE AMOR


Por: Clinton Ramírez C.

A las seis, según podía confirmarse, Sony pasó para la iglesia. Vestía el pescador de lino holgado y llevaba el pelo, rubio y abundante, prendido en la coronilla con una mariposa color verde.

Rogelio, acodado en la ventana del cuarto en el hotel, la ciudad delante de él como un mapa de guerra, registró su paso en silencio, y le siguió pareciendo increíble que Sony, en contra de la más robusta evidencia, continuara siendo la Sony desprevenida de tantas noches de patín y bicicleta en los alrededores de la plaza.

No es que le extrañe a Rogelio que Sony estuviera o no embarazada, según se decía. Total, era mujer, aunque el cuerpo de adolescente mal formada proclamara otra cosa y la inocencia suya hubiera estado hasta entonces fuera del campo de acción de la malicia ciudadana: el hermoso trípode en donde el vecindario — especial, minucioso y partidario de la cinematografía— hiciera instalar la gran cámara mágica: ese invento maravilloso de cuya sutil eficacia diaria pocos estaban en posición de escapar ilesos.

El caso tampoco daba para preparar la persecución más descarnada, menos en una ciudad muy cara pelada y reacia a ofrecer disculpas. ¿Sony?, volvió a preguntarse. Se requería mirarla para negar su situación: para anunciar en bando, si fuese preciso en el atrio de la iglesia, a la salida de misa, que aquello de Sony era otra charada de los murmuradores. Además —pero podía estar equivocado—, Sony no tenía cara, ni pinta, para que alguien hubiese echado a correr que vivía un momento cenagoso. A su edad cultivaba la afición a la música, le gustaba manejar cicla y broncearse en el mar los domingos, como cualquier vecino confirmaría llegado el momento de solicitar la intervención del espinoso estrado judicial. ¿En qué se fundaba, en definitiva, la especie maliciosa sobre el estado civil de Sony? ¿Se trataba, en efecto, de Sony? Sony no era amiga suya, ni siquiera alumna, aunque para Rogelio ser amigo de alguien rara vez exigía la visita convencional y la llamada de fin de semana. El simple ademán, el encuentro aleatorio en una fiesta, a la entrada del teatro constituían para él soportes de más valor a la hora de evaluar una relación amistosa. En un periodo de cinco años exactos, el trato suyo con Sony se había limitado, en rigor, al discreto cruce de miradas, al expresivo saludo de cabeza, estuviera Sony en misa con la madre —un tanto envejecida a causa de la viudez prematura—, o un domingo en la playa con las amigas de la cuadra. De modo que en este tiempo, inventariado a la carrera, Rogelio la había visto crecer, sostener la mirada en público, ingresar al colegio donde él tenía una oscura cátedra de historia, o la había seguido con la mirada en alguna fiesta eventual a la que, perdido ante la poca vida nocturna de la ciudad, hubiese ido a llevar los huesos, firmes y fogosos.

¿Le importaba Sony? Toda la semana Rogelio se había negado a formular la pregunta delante del espejo, pero ahora se permitía expresarla, apoyado en el envejecido marco de la ventana, con parte de la antigua ciudad expuesta a la sevicia de su imaginación. Era, el que tenía frente a él, un mundo imposible de sortear, refractario a quien careciera del valor de encontrar en el estilo de un arco el sentido de la historia, de leer sin apuros en el hermoso color rojo de un tejado, en el azul de una tarde humboldtiana y en la noche del mar las aspiraciones de una ciudad que, en contra de sí misma, persistía en aplazar la hora de jugar duro su mejor carta al póker. Sonrió sin entusiasmo, pretendiendo ignorar la sentencia según la cual la mujer es el único animal digno de caza. Semejante declaración le molestaba en la medida en que confirmaba para el hombre la especialización en un oficio ineludible, sin duda divertido, ya que toda hembra enterada —incluida Sony, inocente, frágil a los quince y dotada de una memoria de cuidado— sabía ofrecer un vocabulario mayor llegado el momento crítico. Pero, volviendo al punto, ¿qué querían de Sony y qué dedo la eligió como centro de la nueva charada universo?

—Hola, profesor —le había dicho Sony varias veces desde que la cámara mágica entrara a funcionar de tiempo completo, sopesando el territorio de la disputa y confiada en ser admitida en una tanda de póker cuyo sentido colgaba sobre la cabeza de Rogelio, más exactamente sobre el escritorio donde esperaba la novela cada día más hipotética en sus manos: Crónica Reggia: suerte de autobiografía, en tercera persona, de la secreta vida de una familia de la colonia italiana, como él mismo reseñara en una nota inédita, sin duda esotérica—. ¿Espera a alguien?

—No —puntualizó.

Nadie podría acusarlo de estar enamorado de Sony. A los treinta Rogelio creía conocerse como para andar creyendo en el amor, aunque sabía que el amor es el único animal que nunca envejece a la par del hombre. Pensó sin remedio en el amor octogenario que su amado Goethe sintiera por la delicada adolescente Ulrike Von Levetzow, aquella pasión que atacó al genio de Weimar durante la estadía en Carlsbad de 1823. Aquel enorme sentimiento aniquilador que la sabiduría de Goethe transformó, escapando al desastre, en la celebrada “Elegía de Marienbad”. Se volvió hacia el interior de la pieza. En la pared de la biblioteca, gobernando sobre sus libros, el Goethe del retrato le sonrió comprensivamente. ¿Qué sentía entonces?

Era para reírse. Para ir a trotar a la playa, meterse en el mar, abandonarse a la tibieza del agua, nadar una hora, respirar hondo, salir más tarde, renovado el espíritu, apaciguada la carne, a una ciudad donde fuese posible que nadie se conociera con nadie. No quería a Sony. Tenía razones para decirlo. En realidad, si una mujer le atraía, Rogelio iba de frente, es decir, de lado diciéndolo todo, y si la elegida admitía la propuesta sin utilizar más palabras de las ya conocidas, o sea, guardando silencio, él, alcanzado el propósito, requería dos cosas: tener un poco de tiempo a la mano y contar con dinero suficiente para ir el fin de semana a un hotel de Santa Marta. Además, a su edad, el amor no constituía una vocación sino un terreno de experimentación, hecho que explicaba que siguiera sin definir una relación concreta y continuara prefiriendo tener muchas amigas, nunca más de tres al tiempo, según convenía advertir, que invariablemente venían para renovar su exilio voluntario con la despreocupación de quienes nada tienen que ganar ni tampoco que perder, porque siempre han sabido a qué atenerse en la vida.

Bebió del vaso un largo trago de caña. Reparó en las nuevas luces de sodio de la plaza. En quince minutos, calculó, Sony saldría de misa, y él tendría que pedirle que subiera, aunque el precio a pagar fuese tan duro como exponerse a la cámara que, insertada en el trípode, tomaría cada detalle para regocijo y escarnio de la ciudad —ideal para vivir y mejor para escribir—, que primero le haría el vacío antes de abandonarlo a la intemperie en una banca del parque central.

¿Qué haría en definitiva? ¿Seguir eludiendo a Sony? ¿El mundo que ella representa? ¿Ir una tarde tras otra a la playa, sumergirse una hora en el mar, respirar duro, para al final salir a una ciudad en donde no hay persona que no lo conozca? Para empezar, pensó sin remordimientos, él no era Goethe, ni tampoco tenía una ciudad a la mano adonde huir, como ocurría con el poeta amado en trances similares al suyo. La tercera conclusión, más atrevida de registro, la guardó para regocijo propio.

—Sony —llamó—. Ven: sube un momento.

Sony se detuvo al llamado, como si hubiera esperado la orden de entrar en escena, y miró sonreída hacia la ventana.

Sintió sobre él sin excusas un doble peso: el de la lente de la temida cámara mágica y el de la sonrisa maternal de Sony: una combinación que, a más de rociarle de miedo el rostro, estuvo a punto de hacer saltar a Rogelio de la ventana, la ventana de la habitación del hotel y el hotel de la ciudad, extendida al principio de la noche como una maja irónica. Lamentó no disponer de un arma letal  —cañón Berta— con la que borrar el enigma de un único disparo.

Inmóvil escuchó dar las siete en la cuadrada torre de la iglesia, sin que esta vez el tañido nítido de las campanas tuviera el sentido familiar de otras noches: noches en las que, apostado en la ventana como un soldado quimérico, atento al itinerario de alguna nueva estrella, podía verse él mismo pasear en el atrio de las devotas, disfrutar de la luz de los faroles del parque y recibir la fina brisa del mar, invisible y permisivo al otro extremo de la ciudad. “Que los otros sean felices”, murmuró.

Sony, invulnerable y despachada en el holgado pescador verde de lino, entró al hotel.

¿Era este, al fin, el aplazado comienzo de su Crónica Reggia? Goethe seguía sonriendo desde la pared de la biblioteca.

Tomado del libro Estación de paso (1995)

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