A puerta cerrada


Por: Roberto Molinares Sánchez

Tú sabes que vivo en un edificio pequeño y por eso todos los vecinos nos conocemos. Cada quien sobrevive tras la puerta y la reja de seguridad. Contrario de lo que ocurría en nuestro barrio que la puerta se cerraba solo de noche o cuando la gente se iba de viaje. La llave se la entregábamos al vecino, por si acaso. ¿Recuerdas? Entre las casas había un intercambio permanente de niños, salíamos de una y entrabamos a otra a lo largo de toda la calle.

Bueno, yo me pregunto ¿En qué nos hemos convertido? Con razón dice la canción; “La calle es una selva de cemento”. Esta es una sociedad llena de temores y prejuicios con un sentido de convivencia casi nulo. Enjaulados cada uno en su apartamento. Un fenómeno social en el cual la inseguridad ha influido mucho. Si se trata de un edificio pequeño, podemos conocer a algunos pocos vecinos por el nombre, pero si el edificio es grande, infinito como un barrio de pie, eso es imposible. Uno habla con la gente del pasillo, con el vecino de al lado, los de arriba o los de abajo. El resto son vecinos, pero no dejan de ser extraños que te encuentras en el ascensor. ¿A qué viene esto? Bueno, resulta que el edificio donde vivo es pequeño y lo que ocurrió nos tomó por sorpresa como si no fuera lo más obvio, pero estábamos tan desconectados que nadie lo sospechó.

Te cuento. El señor Freddy es un tipo blanco y canoso. Vive debajo del piso mío. Un viejo impenetrable. No sostiene la mirada, como si ocultara algo. Tal vez, la timidez haga parecer huraña y mal educada a la gente, pero cada quién, es como es. Vivía solo, si tenía familia, era un misterio. No es que uno quiera averiguarle la vida a la gente, pero era solitario y escurridizo. Setenta años, tal vez menos, qué se yo. Parecía tener nada más como dos franelas. (Este dato parece de mal gusto, pero es necesario para describirte al personaje) Cuando no tenía puesta la franela beige, usaba otra franela de color guayaba. Si lo saludabas o querías preguntarle algo, soltaba una tosecita como para aclararse la garganta. Un gesto de timidez, supongo. Al parecer no encontraba las palabras. Lo otro que hacía, era que echaba los hombros hacia atrás una y otra vez. Una manía rara como si le causara molestia una mochila imaginaria. No tenemos ascensor, son apenas cuatro pisos, ocho apartamentos. Pocos vecinos. Si te encontrabas al viejo a punto de salir de su casa, el hombre salía y cerraba rapidito como para que no vieras hacia dentro. Si por el contrario, te lo encontrabas a punto de entrar, parecía un ratón colándose por una rendija, casi adelgazaba el cuerpo para meterse por la puerta entreabierta. Muy reservado. Tan reservado que dejábamos de verlo por semanas y nadie sabía qué era de su vida. Para navidad y año nuevo desaparecía, seguro tenía familiares. Cuando regresaba después de tanto tiempo, mis hijos lo saludaban con cariño. Mi niño más pequeño, un día lo abrazó porque el viejo parecía un abuelito. Lo normal es que devuelvas el abrazo ¿verdad? pero se quedó con los brazos levantados sin saber qué hacer. Era seco como una rama de verano. No estaba acostumbrado al contacto ni al cariño. Pero no era mal vecino. Si una bombilla del pasillo se quemaba, él la cambiaba de inmediato. No sé de dónde sacaba una escalera y se encaramaba a pesar de la edad. Estaba pendiente de alguna fuga de agua. En ese sentido, siempre pensaba en el bienestar de los vecinos. Por un tiempo estuvo encargado de recolectar el dinero para pagar los servicios de electricidad de las aéreas comunes. Pero fuera de lo cotidiano, permanecía esquivo y distante.

Un día me lo encontré después de una de sus largas ausencias. Fue él quien me abordó y me extrañó. Casi me muero, me dijo. Me dio una fiebre y caí en cama. Me salvé porque estaba en San José, con la familia, si me hubiese dado estando aquí, no la cuento. ¡Ah, el hombre tenía familia! Parecía que se estaba abriendo un poco, una confidencia importante, un gesto de confianza que al principio me descolocó, pero que después supe agradecer.

La mayoría de las veces lo veía venir por la acera e intercambiábamos un movimiento de cabeza. Casi siempre llevaba una bolsa transparente y dentro de ella, un envase que contenía sopa, que según supe después, compraba por allí mismo, en el restaurant La Barca. Es decir, el hombre no cocinaba, pero era de suponer. ¿Una sola persona para qué va a comprar víveres y tomarse la molestia de prepararlos? También intuíamos que le gustaban las hamburguesas y la comida rápida, porque cuando te pasaba al lado, el olor a hamburguesa y papa frita lo delataba aún cuando las llevara dentro de una bolsa de papel. Mis hijos eran especialistas en detectar el aroma y el contenido, y aprovechaban para preguntarme con desparpajo cuándo los llevaría a McDonald´s. Por cierto, ya que lo menciono, toda esta historia tiene que ver con el olor. No, no el olor de las papas fritas. Ya verás. Tú me dirás que soy un chismoso, pero es necesario que te lo cuente de esta manera.

Si me asomaba al balcón de mi apartamento y miraba hacia abajo, podía ver una batea donde el viejo fregaba los trastos de siempre. Un vaso de aluminio, una taza para el café y una escudilla para sopa que dejaba escurrir boca abajo. También había una cuerda donde colgaba la franela que no estaba en uso y dos calzoncillos inmensos.

La limpieza del edificio la hacía un señor llamado Marcos. Después de toda una mañana de esfuerzo, el hombre dejaba el piso de granito como un espejo. Subir o bajar las escaleras cuando el piso estaba húmedo era una incomodidad para nosotros. Intentábamos esperar que el piso se secara. Un día, el señor Marcos se quejó y me comentó: El señor Freddy como que no barre su casa porque siempre deja las marcas de los zapatos. De de su puerta salían huellas que se perdían escaleras abajo como si hubiese pisoteado talco. El señor Marcos debía desandar con molestia su camino limpiando el rastro con un trapo húmedo.

¿Lo del olor? Allí quiero llegar. Un día comenzó un olor extraño, un olor caminante, porque un día estaba aquí y otro allá.  La cosa coincidió con que teníamos un problema con un gato atigrado llamado “Chicho” parecido al de Alicia en el país de las Maravillas. El gato pertenecía a la dueña del bazar “La Fuente”, que queda allí mismo, a la vuelta de la esquina.  Cuando entrabas al bazar, te conseguías a Chicho dormitando sobre el mostrador, parecía un peluche. Era un animal castrado, lo que le había permitido un peso extra que lo hacía ver inmenso. Uno llegaba y cuando el animal salía del sopor, se te quedaba viendo con la indiferencia con la que un gato siempre ve a un ser humano, luego volvía a su siesta. Son animales muy aseados que pasan la mayor parte del tiempo lamiéndose. Tú sabes, ellos por instinto abren un agujero, defecan y después lo tapan.  Bueno, entre tanto cemento y asfalto, el único pedacito de tierra que encontró Chicho para hacer sus necesidades fue un pequeño jardín que tenemos a la entrada del edificio. Yo no sé, si has experimentado eso, pero el olor se te queda pegado a las fosas nasales, viaja contigo, lo llevas en la ropa. Chicho ni siquiera lo tapaba bien porque el jardín era estrecho y no tenía mucha tierra que digamos. Resulta que cuando los otros gatos lo huelen, parece que dicen: Por aquí pasó uno de nosotros, y también van a reconocer el terreno. Empezaron a hacer lo propio en visitas nocturnas y convirtieron nuestro jardín en un verdadero campo minado. Por las noches subíamos las escaleras con la sensación de traer algo espantoso adherido al zapato. Un olor indefinible se apoderó del edificio. ¡Maldito Chicho! Lo curioso es que aún dentro de nuestro apartamento se sentía mucho y variaba según la dirección del viento, otras veces parecía disminuir.

Bueno, lo cierto es que el jueves temprano salí para mi trabajo. Ya en la tarde como a eso de las tres, recibo una llamada de mi esposa. Mi amor, menos mal que no estabas aquí. Tú sabes, te dicen algo así y uno de inmediato se asusta. ¿Qué pasó negra?  Me dice: Se murió el señor Freddy. Yo quedé mudo al otro lado de la línea. Mi amor, aquí estamos todos consternados. Un señor de la calle pasó y vio moscas saliendo por la ventana y llamó a los bomberos. Increíble, ninguno de nosotros había pensado en esa posibilidad. Chicho y sus amigos habían jugado un papel importante al despistarnos. Menos mal –Insistía mi mujer-. Si hubieses estado aquí habrías tenido que ayudar. Un vecino se desmayó y nosotros no podíamos bajar, fue algo horrible. Uno de los bomberos rompió una ventana, se introdujo, encontró un manojo de llaves y se lo lanzó a un vecino. Este vecino refirió después su propia odisea: Las manos me temblaban, ninguna llave abría, la náusea me subía a la garganta, el bombero muy cerca de la ventana me apuraba. Por supuesto, la llave tenía que ser la última.  El bombero salió tambaleándose y aspirando desesperado. Dejó las huellas de sus botas estampadas en el piso. La casa del señor Freddy estaba cubierta por una gruesa capa de polvo.

Fuimos reconstruyendo los hechos entre todos. Lo encontraron en su cama con el cuerpo ladeando como si hubiera estado sentado momentos antes. Otro dijo, el envase todavía tenía un poco de sopa. Fue el corazón –decían otros- El bombero encontró un celular con llamadas perdidas. Uno de los datos más dantescos lo aportó una vecina que había investigado en internet casos semejantes: Las moscas atacan los globos oculares, la boca y las narices, los gusanos pronto hacen el resto. Y por supuesto mi propia versión. Para mí, quién lo mató (sin querer por supuesto) fue el cocinero de La Barca, porque una vez compré allí una sopa de costilla y no me quedaron ganas. Cuando la destapé había una repugnante capa de grasa que flotaba entre verduras y cilantro. Si a eso le sumas las hamburguesas y las papas fritas, era cuestión de tiempo para que se le taponaran las coronarias. Por cierto, el empleado de la barra del restaurant, fue quién sacó la cuenta. Cinco días. Después del domingo no regresó por más.

No salíamos del asombro. ¡Claro! Creíamos que estaba en San José. Por cierto, la familia fue contactada gracias a las llamadas perdidas. Si, lo habían llamado, pero el viejo pasaba días con el celular apagado y muchas veces no se reportaba.

Cuando salí del trabajo, aun consternado, me fui a clases. Ya sabes que retomé los estudios en la universidad. Me encontré con que no teníamos clases porque el profesor venía a notificarnos que sería intervenido quirúrgicamente y había que replantear la materia para el próximo semestre. El Profe hizo un comentario sobre los riesgos de la operación y de allí surgió una conversación que giró en torno a la muerte y el más allá. El Profe es un hombre muy sabio. Como éramos pocos, hicimos un círculo en torno a él. Yo le conté lo ocurrido. El Profe se acarició la barba antes de contestar. Todo es causa y efecto. Algunas veces ocurren cosas que parecen injustas, pero en realidad son actos de amor. Por lo que me cuentas, ese hombre vivió su vida aislado, creyendo que podía vivir sin la ayuda de sus semejantes. Entonces recibió la última lección de su vida, estando muerto –Estábamos impresionados por las palabras del Profe-  Su espíritu debió quedarse junto a su cuerpo en espera a que algún vecino lo ayudara. Era necesario que ninguno de ustedes asociara el olor con su ausencia y durante cinco días debió experimentar una lección angustiosa de convivencia. Una compañera de clases, impresionada por el relato y el análisis dijo: Lo que pasa en el edificio del compañero, pasa también en el mío.

*******

Cuando llegué a casa, el olor se había expandido. Habían abierto las puertas y tratado en vano de desinfectar el apartamento. Según me cuentan, llegó la familia. Resulta que el hombre tenía mujer y una hija que lloraban escandalizadas, impactadas por el horrible final. Los bomberos recomendaron espolvorear café, pero no surtió efecto. La familia lavó lo mejor que pudo el apartamento, pero el edificio quedó impregnado de una mezcla espantosa de putrefacción y agua de rosas. Todos recordábamos las pocas cosas buenas del vecino. Mis hijos estaban impresionados y hacían muchas preguntas. Con congoja, mi esposa y yo nos asomábamos al balconcito y nuestras miradas tropezaban con los enormes calzoncillos colgados en la cuerda.  Mi esposa decía: A lo mejor no fue fulminante, tal vez agonizó y ninguno de nosotros fue capaz de ayudarlo.

El vecino fue sepultado en San José, por eso ninguno de nosotros pudo asistir debido a la distancia, pero en los días siguientes apareció en la cartelera del edificio, un aviso notificando que se haría una misa por su descanso eterno y todos estuvimos de acuerdo en asistir. Era el último gesto de convivencia y solidaridad que podíamos tener. Tomamos la iniciativa de intercambiar números telefónicos y correos para estar preparados en caso de emergencia. Nos sorprendimos al darnos cuenta que ninguno sabía el apellido del otro. Para mi vergüenza descubrí que el señor Freddy se apellidaba como yo. Por las noches, yo cerraba los ojos y me imaginaba al señor Freddy flotando, anclado a su cadáver, suplicando ayuda sin voz audible, desesperado al ver su cuerpo descomponerse.

Quince días después, me armé de valor y me dispuse ir a misa. Adopté el gesto más circunspecto que pude y me fui, pero cuando llegué y me senté en la última banca, me llevé una sorpresa. Apenas tres vecinos asistimos, el resto nunca apareció. Al salir, cada quien cogió por su lado como si nos estuviéramos evitando a pesar de que todos íbamos de regreso para nuestro edificio. Los vecinos que fallaron después se diluyeron en excusas. El choque inicial ya se estaba superando y las cosas parecían volver poco a poco a la normalidad, aunque las paredes impregnadas nos recordaban lo contrario.

¿Chicho? ¡Ese desgraciado! Su excremento sigue siendo un problema. Hemos hablado con la dueña, pero alega que se escapa por las noches y que no puede mantenerlo encadenado. Además, dice que un gato es capaz de colarse por cualquier espacio. Hemos tenido varias reuniones y un vecino denunció el caso ante una oficina de salubridad pública. Todavía no hemos llegado a algún acuerdo. Los más drásticos han sugerido envenenarlo. Pero no es fácil, el gato es un animal desconfiado. Con solo oler el manjar, lo descartaría de inmediato. Además, creo que ninguno de nosotros tiene el valor de llevar a cabo esa tarea.

Esto es un drama urbano. Somos como un gran palomar, un barrio de pie. El diseño y la estructura de un edificio imposibilitan el acercamiento. Somos tacos apilados. Mi piso es tu techo y viceversa. Todo el día trabajas y sólo llegas a dormir y a refugiarte.

El tipo murió como vivió. Tan aislado que nadie lo extrañó. Ni siquiera su propia familia le echó de menos y eso es lamentable. ¿Qué pasó después?  Creo que el olor desapareció o poco a poco, o nos fuimos acostumbrando. El apartamento fue vendido y se instaló otra familia.

Buenos días o buenas noches, nada más. La cercanía que nos prometimos, poco a poco se disipó. Volvimos a lo mismo. Cada quién vive tras su puerta cerrada.

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